Alguna vez he pensado que tal vez me equivoqué contigo.
Siempre fuiste un desastre. Recuerdo aquella mañana de domingo en el parque, el día que nos aventuramos a hacer un picnic. Casi incendias media ciudad al encender la pequeña barbacoa. Me quemé dos dedos al intentar apagar el fuego con el mantel y me salieron tres ampollas brillantes como globos, incrustadas entre la carne chamuscada. Aquella noche las lamiste con ternura. Me decías: “Están saladas, están saladas” y sonreías. Luego hicimos unos cuantos chascarrillos horteras sobre las barbacoas y las salchichas, y tú te pusiste encima suavemente mencionando no sé qué marca de embutidos alemanes con salsa picante. Recuerdo que esa noche estabas especialmente bella mientras te mecías empalada en mí. Y yo, me olvidaba totalmente del dolor.
Alguna vez me quedé en trance simplemente mirando el brillo de tus cabellos castaños. ¿Recuerdas los atardeceres dorados en el balcón, cuando la luz se teñía de naranja y malva? Yo cogía un mechón de tu pelo en una mano, lo doblaba a la luz del sol y me quedaba hipnotizado mirando el chorro espeso de miel descendiendo incandescente hacia abajo. Tú me hacías girar los ojos hacia la puesta de sol para mirarte en ellos, y susurrabas: "mi espejo negro".
Me pregunto por qué me llamabas eso. Mis ojos no son negros; sabías perfectamente que en ciertas luces tienen reflejos castaños y ese peculiar puntito oscuro encima del iris que tanta gracia te hacía. Lo llamabas el satélite.No deberías haber ennegrecido mi mirada. Siempre quise que fuera clara para ti. Sin satélites, sin motas que te distrajeran; simplemente un lugar donde verte reflejada, porque sabías que yo sabía quién eras y la mejor respuesta estaba ahí cuando caías prisionera del abismo y llorabas asustada sin recordar tu nombre. No, no son negros. Mis ojos nunca fueron negros.
Nunca me viste tal como soy.
Cuando gritabas, yo sólo quería hacerte callar con un beso. ¿Por qué no entendías que eso era lo único que quería? ¿Por qué me retirabas la cara? Sólo conseguías hacer el precipicio más y más alto, poner roca sobre roca, hasta que no había más remedio que saltar. Y yo te lo intentaba explicar. Recuerdo una noche; habías gritado mucho y yo te pedía perdón mientras iba mojando tus mejillas de lágrimas. “Pruébalas, están saladas”, te decía para apaciguarte. Pero mirabas hacia otro lado, y eso dolía. No te imaginas cuánto. Te notaba lejana, te sentía lejana, y a pesar de mi dolor tenía que hacértelo comprender.
Me fascinaba el contraste del rojo con tu piel tan blanca.
Cuando más te amé fue cuando empecé a jugar con los hilitos de sangre entre tus muslos, dibujando estrellas y corazones con la yema de mi dedo y la punta del escalpelo. Creo que te oía suspirar, y hasta te mordías el extremo del labio. No lo niegues. Me encantaba el olor de aquella menstruación falsa, sólo mía. Yo te hacía mujer y yo estaba por encima de las leyes de la naturaleza. Y te miraba y tú llorabas. Y me hacías llorar, no sé si de felicidad o de ternura. Tan bella. El cuero te favorecía mucho, por eso lo elegía siempre para enganchar tu delicado cuello, tus muñecas perfectas y tus finos tobillos a la cama, y deleitarme con la combinación de cuero y sangre entre tu cuerpo de manteca batida.
Pero a veces he pensado que tal vez e equivoqué contigo. No eras perfecta: No te dabas cuenta de que mis ojos eran castaños. Que te quería tanto o más que a mi vida.















