lunes, julio 31, 2006

De santos, sangre y almidón. (IV)

Capítulo IV: Rebeldía y apostasía


Manoli nunca había estado enferma.

Más allá de la ocasional gripe, su cuerpo siempre fue una fortaleza contra todo tipo de enfermedades, bichos, virus e infecciones. “Yo crecí en el pueblo, y la vida de pueblo es muy sana”, respondía ella aludiendo a tal fenómeno, “y sobre todo si trabajas duro”.

Un día fue a mirarse lo de la tos crónica, “por si me recetan un jarabe bueno”, decía. Volvió a casa con varios volantes para diferentes pruebas en un hospital. Los miraba sorprendida: “¿Por qué tengo yo que ir al hospital si lo único que necesito es jarabe?”

“Será que es cosa de viejos y hay que mirárselo”, le decíamos todos, en broma. Las pruebas se las hicieron sin lista de espera, otro evento sorprendente, y a las dos semanas Manoli salía de la consulta del médico con un papelito amarillento que contenía un breve texto con la palabra “cáncer” en el segundo párrafo.

“A ver si se han equivocado”, repetía constantemente. Pero la tos empezó a acompañarse de esputos sanguinolientos, y la radioterapia la dejó extenuada. A partir de entonces se sentaba en el sofá de flores rosadas de su cuarto de estar, nos miraba, entornaba los ojos verdes y decía: “Pero mira que tener cáncer, mira que tener yo cáncer..:”

A Manoli le creció una hermosísima cabellera.

Tras la radioterapia, el pelo le volvió a crecer más fuerte y tupido que nunca, de un castaño radiante y apenas canoso. Fue la envidia de todos. Manoli se arreglaba con minuciosidad el peinado, ahuecándoselo coqueta y peinando sus nuevos bucles para darle vida a su rostro emaciado. Nos recibía en casa con su glorioso cabello, discretamente maquillada, y flanqueada por una orgullosa Chiqui cola-agitante: “Pasad, pasad, que mirad qué bien estoy ya”.

Fue apenas unas semanas después que le mandaron a la sala de “quimio”. Manoli nos recibía entonces en el hospital, un poco irritada porque tendría que dejarse crecer el pelo de nuevo y porque otra vez le temblaba el pulso. Su respiración se volvió lenta y acompasada, los ojos casi siempre enrojecidos y su rostro más macilento. Yo me sentaba a su lado y le contaba chistes; ella me miraba y me decía: “A ver, pero cuéntame cómo te va en el trabajo, cómo estás, si tienes amigos”. Yo le mentía y le decía que todo iba maravillosamente. Pero Manoli siempre se enteraba de todo. Tras su última sesión de “quimio”, agotada sobre su sofá de flores rosadas, me entregó varios sobres con modestas cantidades de dinero cada vez que iba a visitarla. Cómo se enteraría de mis problemas económicos sigue siendo un misterio. Su radar siempre estuvo afinado, pero la radiación debió agudizarlo más. Yo siempre le decía que no era necesario; ella me miraba y decía “Pero hijita, ¿qué importa? Si me voy a morir”. Y yo me callaba, sabiendo que era inútil decirle que no iba a morirse: el radar de Manoli también era muy sensible a las mentiras.

El día que le hicieron un agujero en el estómago para que se alimentara por sonda, dejó de probar la comida. Mi madre se mudó a su casa para cuidarla. Aprendieron juntas el arte de mezclar sueros, yogures y papillas nutritivas. Manoli renunció a cambiar sus costumbres de cortesía: a la hora de la comida, se sentaba a la mesa con mi madre y se introducía sus mejunjes con jeringa por la sonda. Pulcra en todo momento, no se olvidaba de su servilletita en el regazo y – como novedad – en la maltrecha garganta.

Tras el placer de la alimentación, el siguiente en partir fue el del habla. Su inquilino no invitado creció furiosamente como un recién nacido y amenazaba con asfixiarla, así que le hicieron otro agujerito en la garganta para respirar. Y Manoli, que siempre había hablado tanto, se quedó muda.

Se compró una pizarra y una colección de rotuladores de colores, con los que escribía sin parar que hacía falta comprar esto o aquello, que fulanito estaba muy gordo últimamente, que a ver si la Chiqui necesitaba una vacuna nueva, que se moría (esto último siempre lo subrayaba, haciendo una mueca extraña con la boca y abriendo mucho los ojos – cada vez más verdes y más vidriosos.)

Manoli descubrió el arte de la ironía.

Algunos fines de semana, me quedaba con ella hasta tarde viendo la programación rosa. Precisamente entonces todo eran noticias de folclóricas que se morían de cáncer. “A ver si me hacéis un funeral como a ésa”, escribía, y se reía cansada. Yo le decía que para eso tenía que ser cantante. “Pues tengo la garganta como para aprender ahora”. Nos íbamos a la cama riéndonos, y mi madre nos miraba sorprendida desde una esquina del dormitorio que compartía con ella.

Sus visitas al hospital eran más y más frecuentes, y al poco de empezar a recibir morfina perdió el pulso, con lo que tan sólo acertaba a mover los labios débilmente. Entonces, por primera vez en toda mi vida, pude serle útil: mi recalcitrante sordera me ha enseñado a leer los labios como una experta. Yo me sentaba a su lado, con un cuaderno, e iba apuntando cada una de sus frases. Al rato, lo que empezó como una simple lista de la compra acabó por convertirse en todo un confesionario.

Manoli, la apóstata.

“Me da mucho miedo morirme”, pronunciaba. “No quiero morirme”, repetía. Y abría los ojos como intentando escaparse a través de ellos. Yo escribía, escribía, en el silencio de la habitación, mientras algunos familiares miraban con curiosidad sin entender nada.

“Que Dios me perdone, pero creo que no me merezco esto”. Yo escribía y la miraba con sorpresa. “Que Dios me perdone, que me perdone. Sé que soy vieja, pero no me quiero morir todavía”. Yo escribía y asentía con la cabeza. Y, por último, con el pulso algo débil, escribí su enorme confesión: “La soledad de la muerte es lo más doloroso que existe, y ni Dios puede aliviarla”.

Quién sabe si le contó lo mismo a su confesor. Manoli luchó contra la benevolencia divina y se rebeló en sus últimos días como un Che Guevara al frente de su guerrilla, como un Julio César a las puertas de Alejandría, como un como un Robert Frost batiéndose en duelo contra su pluma:

Do not go gentle into that good night,
Old age should burn and rave at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.




jueves, julio 27, 2006

De santos, sangre y almidón. (III)

Capítulo III: otoño


Llegó el otoño a la vida de Manoli.

Sus ojos nunca dejaron de ser inmensamente verdes a pesar de las patas de gallo; la piel se le arrugaba con mucho cuidado, como intentando no molestar. Es más, se diría que la lectura de sus arrugas desvelaba su vida con toda claridad: era de esas personas que envejecen con franqueza y sin secretos, con transparencia, con el orgullo de quien sabe que las líneas de los labios apuntan hacia arriba porque ha invertido más tiempo en la alegría que en la tristeza.

Sus dos posesiones vivas eran Julián y Chiqui, una preciosa setter irlandesa pelirroja que había sido proyecto frustrado de perro de caza. El primero se pasaba las horas de su propio otoño en los cafés pensando acerca de la infinitud del universo; la segunda brincaba alrededor de Manoli veinticuatro horas al día, exigiendo juegos con pelotas y meriendas de huesos relamidos. Tenía Chiqui la particularidad de mirarte, mover la cola con la velocidad de un ventilador e inclinar la cabeza para que le hicieras carantoñas al ritmo de sus ladridos sordos y cariñosos. Nunca aprendió a cazar, y por ello debió llevarse varios palos de Julián. Pero compensó su falta convirtiéndose en perro faldero – caniche sobrecrecido para uso expreso de Manoli y compañía. En realidad era su ser más vivo.

Es muy posible que Manoli empezara a estar más viva que nunca cuando comenzó su otoño.

Pero, sin embargo, ya carraspeaba incesantemente. Era una tos crónica, continua, que no le dejaba a sol ni a sombra, ni de noche, ni de día. “Me pica la garganta”, decía, y bebía un poquito de agua. A veces, si le daba mientras iba andando, se tenía que apoyar contra alguna pared mientras tosía con ligeras convulsiones, ocultando discretamente su boca tras la mano.

Y aún así, no acusaba más enfermedad que un ocasional resfriado. Pero no perdía el tiempo en la cama. Al contrario, siempre acababa por ahí paseando a Chiqui mientras que Julián languidecía en la esquina más cálida del cuarto de estar con una mantita sobre las rodillas amenazando con morirse.

Un día de primavera, así, de pronto, Julián se murió.

Nadie se lo explicaba: llevaba tantos años enfermo o quejándose de enfermedades que era como parte de él, como una faceta más de su persona. Si alguien te preguntaba, "¿Cómo es Julián?", dirías que era un hombre alto, delgado, canoso, de rasgos suaves, y enfermo. Pero “enfermo” como quien dice rubio, orejudo, pecoso o sordo. Su misteriosa enfermedad había dejado de ser preocupante hasta el punto de que ya se había fagocitado en el concepto “el tío Julián”. Hasta que, un buen día, lo mató.

Llegué corriendo de Madrid y me encontré a Manoli presidiendo el velatorio, en una gélida sala del tanatorio de la ciudad. Desmaquillada y de riguroso negro, como mandan los cánones, solícita con todos los familiares, delgada, nerviosa, y sobre todo, muy, muy sorprendida al igual que todos nosotros. “¡Mira que morirse Julián!”, exclamaba. Y se quedaba mirando el cristal a través del cual estaba expuesto el cadáver – amarillento, pétreo y elegantemente trajeado en su ataúd de caoba oscura forrado de rojo.

Yo me ponía al lado de Manoli, le apretaba el brazo afectuosamente e intentaba evitar por todos los medios mencionar la palabra “vampiro”. Ella, muy digna, me apretaba con la otra mano, tosía, y me decía “ahora sí que descansa, ahora sí”. Pero todos estábamos un poco espantados por esa imagen tras el escaparate mortuario.

Enterraron a Julián en el cementerio viejo de la ciudad una tarde de viento, en un panteón familiar lleno de flores mustias. Cuando el ataúd descendía en la fosa nos arremolinamos todos alrededor de Manoli, que apretaba mucho los labios y lloraba discretamente, tosiendo sobre un pañuelo blanco con puntillas que había almidonado especialmente para la ocasión. “Ahora sólo estamos Chiqui y yo, a ver si me vienes a ver más a menudo”, me decía. Le prometí que sí.

Tenía que haber cumplido esa promesa.

Al año Manoli se quitó el luto y, haciendo acopio de rosarios nuevos, se marchó a Lourdes en excursión para avistar a la Virgen con la tropa de groupies de Pitita Ridruejo. Hasta se llevó a mi madre.

También empezó a frecuentar el circuito de retiros espirituales en los distintos conventos de la ancha Castilla. Era un no parar.

Cuando no estaba de gira, estaba en el pueblo aseando la casa de la abuela como es debido y separando huesos de pollo para Chiqui, que cada vez corría menos pero no por eso demandaba menos cariño.

Veía a mi tía con poca frecuencia porque estaba yo en pleno auto experimento científico con esa cosa que llaman matrimonio. De hecho, cuando iba a casa a ver a mis padres mi madre me instaba a que llamara inmediatamente a Manoli: “que ya sabe que venías hoy, ya estás llamándola, que luego sabes que se entristece si no le dices nada”. Yo la llamaba, acostumbrada ya a estas imposiciones maternales, y se hacía la encontradiza: “Ah, que has venido, qué bien, hijita. ¡No lo sabía! Pues a ver si vienes a vernos”.

Manoli no dejaba nunca la mesa vacía.

Yo llegaba a su casa, junto con el cómplice de mi experimento, y Manoli sacaba todo lo sacable de las alacenas de la cocina, suficiente para dar de comer a varias generaciones. Y nos miraba sonriendo y tosiendo: “comed, comed, comed, que luego si no se lo tengo que dar a Chiqui y me está engordando mucho”. Chiqui miraba y se relamía como antaño los perros de la casita molinera de mi niñez. Y me daba cuenta de que Manoli no podía vivir sin alimentar a alguien.

Todo lo que supusiera hacer acopio de comida para el resto de la manada familiar era de máxima incumbencia. A su hermana, que tenía un corral en el pueblo, la instaba con impaciencia a que trajese docenas y docenas de huevos para repartir; a su hermano, que pasaba muchas tardes junto al río, a que pescara o cogiera cangrejos; “vas al arroyo y coges bastantes”, le decía, con premura y decisión. Y mi tío no rechistaba: a la semana, tenía varios cartones de huevos y una bolsa – maraña de cangrejos vivos aguardando la hospitalidad de su olla.

Pero Manoli no podía parar el tiempo, ni siquiera con comida.

El día que murió mi padre había intentado alimentarle un poco con natillas, pero se apagó antes de terminarse el cuenco. Yo llegué corriendo, desesperada, haciendo esfuerzos por verle con unos reflejos de luz aún en la mirada, pero llegué demasiado tarde: yacía en la cama inerte. Mi madre lloraba en una esquina y Manoli, con las natillas en una mano, le apretaba suavemente los párpados con la otra para que no se le abriesen los ojos en el rigor mortis. “Aprieta un poco, hijita, que voy a lavar este cuenco”. Me senté, coloqué los dedos sobre los párpados de mi padre, y esperé mientras volvía de la cocina. No me dio tiempo casi a reaccionar. En seguida regresó Manoli a mi lado, mientras mi madre llamaba a los enfermeros. Yo tardé en arrancar. Me puse a llorar de pronto, sin avisar, sin carrerilla, como quien estornuda por sorpresa. Manoli me miró, asentó con la cabeza con aprobación, y retomó su sitio frente al cadáver muy serena mientras yo me escondía entre las sombras de la casa.

Lo enterramos un calurosísimo día de agosto en el cementerio nuevo de la ciudad, bajo una lápida de mármol reluciente, brillante, flamante. Cuando el ataúd descendía en la fosa, Manoli se percató de que yo tenía a quién agarrarme y ella, muy solícita, agarró a mi madre con los dos brazos como si fuera a bailar con ella: “Llora, llora, no tengas vergüenza.” Quedó el ataúd al fondo del todo, dejando dos huecos libres más arriba. Tener un panteón en un lugar donde los cipreses están recién plantados y exactamente a la misma distancia unos de otros es poco serio, pero todos aceptábamos sin rechistar: la modernidad iba dándole una pátina nueva a la impertérrita tradición familiar de morirnos.

Y Manoli, que sabía que la presencia de mi marido ahí ya sólo era de fachada, y que yo pronto entraría a engrosar la nutrida lista de viudas, divorciadas y solteronas de la familia, apuntaba al reluciente panteón nuevo y me decía: “tú tranquila, que ya tienes un huequecito”. Luego miraba a mi futuro ex con tristeza, movía la cabeza de lado a lado y lloraba, pero ya sin mirar al ataúd. “Lloro”- me decía “más por las cosas que aún no han muerto que por las que están enterradas, que al fin y al cabo muertas están. Prométeme que lo arreglaréis, hijita, que una mujer sola luego tiene que ir sola a los entierros”.

Cada vez eran más las promesas que no podría nunca cumplir con ella.

Aún así, su voz cada vez más ronca, Manoli me llamó cada día durante meses. Primero para consolarme por la ausencia de mi padre, luego por mi soltería. Siempre me preguntaba:“¿Qué tal estás, necesitas algo?” Yo, irascible como nunca en esa época, siempre respondía “no”, y le colgaba. Pero al día siguiente volvía a llamar.

Si hubiera sabido darle las gracias entonces, lo habría hecho de todas las formas posibles.

domingo, julio 23, 2006

De santos, sangre y almidón. (II)

Capítulo II: Temores y bravura.


En la ciudad, Manoli imperaba sobre su casita molinera.

Cada vez que mis padres se marchaban de viaje Manoli me acogía entusiasmada. Yo aún era pequeña y me pasaba el día jugando en el jardín, subiéndome a la higuera y bañándome en el pilón. A menudo la veía espiándome desde una ventanita y enseguida retiraba la vista. Las dos nos hacíamos las locas, yo muy digna fingiendo independencia y ella muy digna intentando hacer parecer que no le importaba que le destrozase setos, rosales y macetas y le robara el jamón para dárselo a los perros.

Manoli me aplicaba el método Pavlov: cuando había algo rico para merendar salía al jardín con una campanilla. Automáticamente los perros y yo salivábamos porque tanto ellos como yo sabíamos que había un cuenco con maicena cubierta de miel esperándome en la cocina. Yo corría dando brincos a la mesa, merendaba y volvía a mis travesuras. Ella retomaba sus labores desde su puesto de vigía en la ventana hasta que caía la tarde.

Tampoco me decía nada cuando me veía ensartar garrapatas en un alfiler o pescar renacuajos del pilón. Pero una tarde me pilló intentando matar hormigas a balazos con el rifle de caza del tío Julián y me lo arrebató con una palidez repentina en su cara: “No deberías pegar tiros, hijita”. Yo la miraba y no comprendía por qué no me caía un buen bofetón.

A veces se lo preguntaba: “Tía, ¿por qué no me pegas cuando me porto mal?” Y ella me contestaba: “tú no te portas mal, la que se porta mal soy yo porque no te enseño lo que está mal”.

Manoli le temía a la sangre con terror primigenio.

Una tarde mi primo Ignacio se cortó el pulgar con un cuchillo, jugando a los piratas. Se le abrió una raja que vomitaba sangre como un geyser y dejaba a la vista el hueso. De camino a urgencias en el seiscientos verde de mi padre, Manoli pegaba tantos gritos que cuando llegamos los médicos fueron primero a por ella. A mi primo le dieron ocho puntos y a ella un valium.

Cuando yo sangraba por la nariz, que era a menudo, lloraba y gemía mientras me metía algodones en la fosa nasal hasta que ya no cabían más. “Ay, hijita, que te desangras, ay, mira cómo has puesto el suelo.” Y yo me reía de ella: “eres una miedica, mie-di-ca”. Manoli asentía, aspiraba por la nariz y me apretaba bien los algodones para que no saliese nada.

Les temía también a los monstruos mecánicos y voladores.

Manoli se negaba a usar las escaleras mecánicas de los grandes almacenes. Sólo usaba el ascensor o las escaleras normales. Una tarde mi prima Pili y yo le tendimos una trampa: bajamos corriendo por las escaleras mecánicas de la cuarta planta y le gritamos que si no bajaba detrás nos escaparíamos. Manoli nos miró aterrada desde arriba, se agarró bien con la derecha al pasamanos, con la izquierda se sujetó el bolso contra el pecho y se colocó sobre el primer peldaño temblando, las rodillas traqueteando un poco debajo de la falda marrón. Y así descendió, como una estatua, apretando las mandíbulas y los labios, los ojos fijos en nosotras. Al llegar abajo corrimos a ayudarla, y ella – humillada por las risas jocosas de la gente – nos miró muy seria, empezó a llorar y dijo: “¿Por qué me hacéis esto?”

Sin embargo, todavía le quedaba la prueba de fuego. La encerrona de todas las encerronas. Con la llegada de los años ochenta mis padres y yo nos mudamos a Canadá. Manoli lloró durante semanas antes de nuestra partida, sobre todo porque sabía que si quería visitarnos tendría que subirse a un avión. Tardó dos años en hacerlo, sin Julián, claro, que alegó dolor de oídos. Apareció en el aeropuerto de Toronto pálida como un fantasma, medio histérica, el rosario de la abuela Florentina bien sujeto en una mano y la maleta en la otra. Pasó un mes con nosotros, exponiéndose a experiencias límite tales como una comida en casa de una familia ucraniana, un viaje a las cataratas del Niágara, misas dominicales en inglés y un pow-wow tradicional de tribus indias. “Qué cosas, qué cosas”, decía sin parar. Y se agarraba a mi brazo intentando no fijarse en mi camiseta de los Rolling Stones y mis vaqueros raídos con los bolsillos llenos de hachís.

Volvíamos a menudo, en verano, y Manoli ya estaba tan lanzada que hasta se animaba a coger aviones a Mallorca con las amigas de la Asociación de Acción Católica. Yo por entonces estaba en mi fase siniestra y me sentaba meditabunda y taciturna en el patio de la casita molinera, con mi collar de perro y mis harapos negros. Manoli llegaba de Mallorca, dejaba las maletas en la cocina y se sentaba conmigo en la piedra del jardín con una enorme ensaimada y un vestido de verano amarillo. Sin rechistar, y para gran shock de mis padres, yo me ponía el vestido y me comía la ensaimada. “Es que la niña necesita que la quieran un poco, nada más”, les decía Manoli. Y yo asentía contenta mientras masticaba. “Ay,” decía Manoli, “ahora lo que necesitas es vivir en un sitio más cerca del cielo, no en esas casas tan frías donde vivís”.

Y Manoli subió a los cielos.

Un día de lucidez, el tío Julián empaquetó todas las cosas, vendió la casita molinera a un taxista de Burgos y se llevó a Manoli a la séptima planta de un edificio de pisos. Nosotros volvimos a España para quedarnos y nos enseñó orgullosa su salón-museo presidido por cuadros y tapices, aderezado con figuritas de Lladró y la Virgen de los Remedios en su urna de cristal. Mi madre decía que se estaba ahí mejor que en Canadá y Manoli asentía, llorando de felicidad, agarrándome la cara y diciendo, “hijita, hijita, hijita mía”.

Pero yo me empeñé en irme a vivir a Madrid. Manoli fue la única que no me abofeteó por mi decisión, aunque lloró mucho. Me cosió un montón de faldas y vestidos con su Singer reluciente y me preparó cuatro tarros de chorizo en aceite: “a ver si te van a hacer algo por ahí, eh, ¿hijita? Mira que no te ataque algún hombre malo por la calle, mira que no te pase nada. Y si no, voy a buscarte”.

Y sin embargo, Manoli no temía a la muerte.

Unos años más tarde, la abuela Florentina se murió como una campeona a los noventa y cinco años, En cuanto sonó el teléfono, Manoli levantó a Julián a las siete de la mañana para ponerse en marcha. Nosotros llegamos al pueblo esa misma tarde y ella ya estaba arremangada frente al cadáver de su madre, preparando pócimas, ungüentos y afeites. La abuela yacía con su blanquísima mortaja almidonada y un moño perfecto en el pelo de plata. Mi madre y mi otra tía se sentaron a su lado, temblando, le sujetaron el barreño y Manoli arregló a la abuela hasta hacerle rejuvenecer varias décadas “Ay, pero qué guapa que era madre”, decía entre sollozos, mientras le frotaba bien las mejillas con un algodón impregnado en alcohol para enrojecérselas un poquito. “Ay, pero qué bien huele aunque esté muerta”, suspiraba mientras le pegaba las pestañas con clara de huevo para que no se le abriesen los ojos azules.

Toda esa noche veló a la abuela junto con sus hermanas y las demás mujeres del pueblo, iluminadas tan sólo por la luz de las velitas-lamparillas flotando en aguaceite. Yo les escuché desde la cama, en aquella habitación que ella pulía las mañanas de verano y ahora olía al jazmín mustio de la abuela muerta. Y por la mañana me vino a buscar con un vestido negro recién planchado en las manos. “Ahora sí, hijita, ahora sí tienes que ponerte ropa triste.”

Tanto en el funeral como en el entierro Manoli fue la primera de la fila, ocultando sus ojeras con un poco de maquillaje. De pronto, justo cuando el ataúd descendía en la fosa, comenzó a sangrar por la nariz y las lágrimas se le mezclaron con la sangre cayéndole en goterones rosados por la barbilla. Yo le acerqué un pañuelo, pero ella lo rechazó. Desesperada, medio ahogada, tosiendo con fuerza y apretando mucho las mandíbulas, me agarró la mano y me dijo, carraspeando dolorosamente con la garganta, “déjame que sangre, hija mía, déjame, que es la pena por mi madre que se ha muerto y ya no me importa”.

sábado, julio 22, 2006

De santos, sangre y almidón.

In Memoriam: Manuela Alonso Aragón
1928 - 2006

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Capítulo I: Jabón, luces, sombras y sombreros de fieltro.

Manoli querría haber sido monja. Nunca un convento hubiera estado más reluciente.

Desde jovencita fue muy creyente y religiosa. Los domingos era la primera en llegar a la iglesia en cuanto sonaban las campanas de misa. Se colocaba siempre en la segunda fila junto a su madre y hermanos, de punta en blanco, almidonada, orgullosa y reluciente.

Su padre, como todos los hombres del pueblo, se fumaba un puro a la puerta durante la misa y hacía breves comentarios sobre la próxima cosecha de trigo y hortalizas.

Manoli, correctamente piadosa, lo amonestaba suavemente a la salida: "Padre, padre, usted debería entrar en la iglesia, que al menos se está más fresco a la sombra del Señor".

Tenía la mayor colección de rosarios de todo el pueblo: el rosario de los domingos, el de las novenas, el de navidad... y los misales nacarados con bordes de pan de oro siempre limpios y brillantes.

Manoli era de esas mujeres que aireaban las habitaciones cada mañana y les daba un buen repaso de bayeta, escoba y jabón.

Nunca usaba fregona: se arrodillaba y frotaba, frotaba, frotaba. “Las fregonas manchan más que limpian”, decía. Cada una de aquellas mañanas, con la ventana inundando las habitaciones de luz, apoyaba la mano izquierda sobre el suelo de baldosas de barro y con la derecha dibujaba vigorosos círculos concéntricos rebosantes de espuma. Baldosa a baldosa.

Las camas del pueblo eran grandes, duras y señoriales. Tenían colchones de lana que había que airear y ventilar cada día por el balcón, golpeándolos con un palo gordo y alargado que terminaba en una especie de raqueta de madera. Manoli nunca dejaba un solo colchón sin ventilar. Tenía los bíceps de acero y las rodillas peladas.

Manoli se casó con Julián porque había que casarse.

Porque a pesar de que iba para monja, por encima de todo quería ser madre.

Julián era un señorito de la ciudad alto, bien plantado y muy pulcro, con trabajo fijo en la fábrica de Renault. Una tarde ella fue a las fiestas de invierno de otro pueblo con unas amigas. Julián la vio desde lejos y se quitó el sombrero de fieltro. A Manoli nunca se le habían quitado el sombrero, y menos de fieltro, así que le permitió sacarla a bailar un pasodoble. De ahí a casarse fue cuestión de poco tiempo.

Pero Manoli siguió abrillantando sus misales y rosarios, planchándose los velos de puntillas de las novenas de noviembre, y rezando cada noche a San Pantaleón.

Vivían en la ciudad en una pequeña casita molinera pintada de blanco, con un jardín, un pilón y una higuera. Mi madre había pasado con ellos los inviernos para asistir a la escuela preparatoria, y una tarde mi padre, otro señorito de la ciudad, la vio y se quitó el sombrero de fieltro. Así que también ella se mudó. Y yo nací.

Cada verano nos refugiábamos las tres en el pueblo como gallinas, en la casa de la abuela. Yo me levantaba muy pronto para sentarme en lo alto de las escaleras de madera que llevaban a la segunda planta y espiar a Manoli. La oía y la olía. Me encantaba escuchar el clack-clack de sus zapatillas corriendo de un lado a otro mientras cepillaba los muebles, sacudía las sábanas y abrillantaba los espejos. Me encantaba aspirar el olor a jabón de glicerina, lejía y colonia que se deslizaba por los peldaños puliéndolo todo a su paso.

Aquellas mañanas de verano en el pueblo siempre olía a limpio, a café y a magdalenas recién hechas. Mis madrugones se veían compensados con esos momentos, la tía Manoli ventilando las habitaciones en su nube de jabón, la abuela Florentina espolvoreando azúcar en el horno y mi madre barriendo la entrada de la casa. Era todo radiante y reluciente como un cristal al sol, y aunque las tres siempre estaban enfadadas (por las mañanas cuando se limpia la casa en el pueblo, tienes que enfadarte un poco, para dar buena impresión) yo gozaba con su ajetreo mientras esperaba a que alguien me encontrase para echarme la bronca por mancharme el vestido.

De lunes a viernes mi padre atendía su negocio y el tío Julián montaba piezas de coches en la Renault. Los fines de semana se reunían con nosotras y el revoloteo de limpieza era aún mayor, para mi gran regocijo. Pero apenas los veíamos: mi padre dormitaba todo el día en la sombra del cuarto de estar con el periódico y el tío Julián salía desde madrugada a cazar al monte, con el perro.

Mi padre a veces se daba un paseo por la casa y soltaba algun chiste, pero Julián, que se iba al monte bien provisto de bocadillos de chorizo, no aparecía hasta la noche.

Debía cazar mucho y montar muchos coches, porque nunca le hizo un niño a Manoli.

“Ni quiere, ni puede”, fue todo lo que la escuché decir al respecto una noche que me desperté y la encontré de confidencias con mi madre. Yo me quedé rezagada en la puerta del cuarto de estar, y ellas me vieron antes de que pudiera escaparme. La luna llena le daba de pleno a mi tía, que estaba especialmente guapa. Tenía los ojos verdes claros, muy claros, como la hierba al principio de la primavera. Me miró y giró la cara avergonzada. Mi madre se rió un poco y le dijo “no te preocupes, que la niña es muy pequeña para entender estas cosas”. Pero yo sabía que aquella frase pronunciada en susurros tenía algo que ver con el hecho de que la tía Manoli siempre me abrazase tanto y me diera besos como mordiscos, apretándome contra su pecho y llamándome “hijita, hijita mía”.

Manoli se casó porque había que casarse. A los pocos años Julián empezó a enfermar. Nadie sabía qué tenía, ni siquiera los médicos, pero siempre estaba enfermo. Siempre le dolía algo. Siempre estaba deprimido. Ella, muy abnegada, le preparaba cada mañana con esmero su desayuno: tazón de leche caliente con tropezones de pan; y cada noche su tortilla francesa con jamón. Le tenía muy limpio y resplandeciente, planchadísimo e impecable, bañado en colonia. Él se quejaba de su ciática, de su dolor de riñones, de sus jaquecas, y ella le peinaba, le daba golpecitos en la cabeza y le decía: “hijito, hijito mío”.

lunes, julio 03, 2006

Pedicabo ego vos et irrumabo.


[Aceptando una divertida propuesta de Isabel Romana, hoy un cameo de Catulo, bardo, poeta y genio romano.]

Caía la tarde. Dejó su bolsa de cuero sobre una piedra y, suspirando, se sentó a la sombra de un olivo. Tosió delicadamente, como era habitual en él, hombre de exquisitos modales y mejor lírica. Se mesó los rizos y enganchó un dedo en una trencita que horas antes le hiciera, entre risas, la hija de su ama de llaves.
La hermosa hija del ama de llaves.
Querría abalanzarse sobre ella, comérsela viva, y rogarle que trenzara no sólo su cabeza sino también el abundante vello negro que poblaba su cuerpo cincuentón.
Querría haberla rodeado con todas sus extremidades y aún más, y haberla aspirado por sus fosas nasales hasta que no quedase nada más que un hálito.
Lamentablemente, tenía diez años.
¿Y qué de aquel muchachito de los baños, el que le deleitaba cada noche a la flauta tras entregarle su toalla y su paño caliente?
Habría recorrido su espalda con la lengua, empezando por su delicadísima nuca y acabando ahí donde el camino se bifurca en dos para mostrarle el oscuro misterio de sus colinas.
Pero aún sólo le llegaba a la cintura, una altura muy satisfactoria, aunque sería preferible que la alcanzase de rodillas.
Ah, Catulo. Has renegado de tus intenciones volcando tus deseos sobre los versos más bellos de amor a post adolescentes muchachas y muchachos. Te has ahogado en un río de delicadísimas estrofas en loor de los pechos turgentes y los labios carnosos, las voces graves, los muslos velludos, los traseros blancos y redondos, los...
Te muerdes un labio y rabias derrochando saliva que en otrora ocasión hubiera tenido mejor recipiente.
¿Por qué nadie te deja en paz? ¿No es eso lo que quieren?
Tomas la pluma, escupes, pegas una patada al suelo lanzando briznas de hierba sobre tu cabeza.

Escribes:

Pedicabo ego vos et irrumabo,
Aureli pathice et cinaede Furi,
qui me ex versiculis meis putastis,
quod sunt molliculi, parum pudicum.

nam castum esse decet pium poetam
ipsum, versiculos nihil necesse est;
qui tunc denique habent salem ac leporem,
si sunt molliculi ac parum pudici

et quod pruriat incitare possunt,
non dico pueris, sed his pilosis,
qui duros nequeunt movere lumbos.

vos, quod milia multa basiorum
legistis, male me marem putatis?
pedicabo ego vos et irrumabo. (*)

Escupes de nuevo, riéndote de ti mismo. Te rascas una pierna. Te levantas, bostezas y te vas, moviendo tu laureada cabeza de lado a lado e implorando a Marte que de una vez por todas lance una plaga de ratas sarnosas sobre las arrugadas retaguardias de tus críticos.







(*) Traducción:

Os daré por culo y me la chuparéis,
Aurelio el maricón y Furio la bailarina loca,
vosotros que, partir de mis versos, porque son delicados,
opinásteis que yo era un desvergonzado.

Pues es bueno que un poeta prudente sea recatado,
pero no es necesario que lo sean sus versos;
que al fin y al cabo son ingeniosos
si son delicados y desvergonzados,

y que también pueden incitar aquello que excita,
no digo a jóvenes, sino a hombres de pelo en pecho,
que no saben follar bien.

Vosotros, porque leísteis mis "muchos miles de besos",
¿Me creéis menos hombre?
Os daré por culo y me la chuparéis.

miércoles, junio 28, 2006

Sírvase variar Usía / La forma de chimenea.

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Hoy, toca des-ficcionar.

Estaba yo ensimismada en mis cosas, entre estas cuatro paredes donde me gano el pan. Faltaba media hora para marcharme. Normalmente me entrego a mi trabajo con la desgana suficiente como para hacerlo bien; de hecho, intento seguir la máxima de mi antiguo jefe: “ahí donde estés, intenta divertirte”. Pobrecito él, que al final ha acabado en Bruselas generando sesiones de debate sobre la fisión justo al lado del Plaza del Átomo. Allá él. Cada uno adapta sus desviaciones como puede.

Pues eso, que estaba yo ensimismada, visualizándome en un Chevrolet desvencijado por las carreteras secundarias de Tijuana, con una botella de tequila y una Mágnum cargada, mientras acababa de organizar una tirada especial del Handbook on Nuclear Law para políticos, contrastando mi base de datos con el librito Los Cargos en el Poder y haciéndome cargo, no obstante, de que poder, poder, lo que se dice poder, pocas veces se puede. Pero se intenta.

Y sintiéndome, de pronto, muy muy muy muy muy viejecita. Viejuna elevada al séptimo cociente.

Sí, estaba yo en esas. El aire acondicionado a 21 grados, la sangre gélida, la cabeza fría, el cerebro refrito y regenerándose despacio, el tiempo parado en un impasse infinitus, cuando de pronto arribó a mi lado el Excmo. Sr. D. L.G.J., sonriente y octogenario, planchadito, repeinado, y me entregó los siguientes artículos para picar, corregir y maquetar:

“Los nuevos métodos de datación con carbono-14 precisan fechas importantes de la historia antigua”

“La edad del cuerpo humano y la de sus órganos y sistemas”

“El enriquecimiento isotópico por láser”



Yo le miré. Él me miró.

Le volví a mirar. Y dije:

- Gracias, Don L.

Don L. me miró y dijo:

- Parece que estuviera dándome las gracias por dejarle caer la guillotina sobre su cuello, Srta. A.

- Me haría usted un enorme favor, Don L.

- ¿Y quién me va a corregir la sección de isótopos?

- Tiene razón. Qué descortesía por mi parte.

- ¿Y quién me va a buscar datos sobre los nuevos estautos del I.A.E.A.? (*)
- Está usted totalmente en lo cierto, Don L. Hasta que no den las tres, no me suicido. Qué digo, voy a esperar a que Vd. se jubile.

- Señorita A., yo me jubilé hace dieciocho años. Esto lo hago por placer.

- Eso me temía, Don L.

- ¿Está usted segura de que está donde quiere estar, Srta. A.?

- No.

- Bien, pues déjelo todo y vayamos ahora mismo a tomarnos una clara de cerveza y hablar de Honoré de Balzac.

Eso hicimos. Y por el camino me fue recitando un poema que había escrito un difunto ex compañero suyo de la Real Academia de Ciencias, algo que rezaba así como:

Sírvase variar Usía
La forma de chimenea,
Y basarse en las ideas
Admitidas hoy en día
Según las cuales las ondas
Del humo son evacuadas
Muy mal, cuando son cuadradas
Y muy bien, si son redondas.

Al final sí que hablamos de Balzac. Y de Oscar Wilde. Y de la asimetría del tiempo. Y me fui a casa algo más redonda y menos cuadrada.

No sin ganas de empinar esa botella de tequila, empero, que en todo caso sigue esperando.

(*) International Atomic Energy Agency

viernes, junio 23, 2006

Estamos de fábula tú y yo.



Nota: pido de antemano disculpas por esta pastelada. No se volverá a repetir.

(para quien ya sabe)




Érase una vez un gorrioncillo con las alas rotas, encerrado en una jaula plateada.

No había sido siempre así: de pequeño volaba y surcaba cielos con ínfulas de águila. Vivía en el aire la mitad de sus días; le encantaba dejarse llevar por las corrientes y flotar como una cometa sobre los primeros rayos de la aurora. ¡Y cómo trinaba! Era todo un espectáculo cada vez que hinchaba su pequeño pecho al sol rosado del amanecer y componía estrofas de múltiples registros, como un experto trompetista de jazz.

Una mañana de otoño, sin saber muy bien por qué, se despertó con un ala rota. Estaba como doblegada sobre sí misma, mate, con las plumas peladas y desperdigadas, deslustrosa y torcida.

Salió a tientas del nido procurando no despertar a sus padres e intentó volar hasta la rama más baja del árbol. Pero sólo fue capaz de batir el ala buena y cayó en picado sobre la hojarasca seca del otoño.

Afortunadamente, su madre lo vio caer y bajó a por él, angustiada:

- ¿Qué te ha pasado?
- No sé, se me ha torcido el ala izquierda.
- Bueno, no te preocupes, ya lo enderezaremos. Pero quédate aquí, no te vuelvas a hacer daño.

Y ahí se quedó.

Llamaron a varios eminentes doctores – tucanes, flamencos, imponentes aves del Paraíso, pero no había forma: estaba enganchada a sí misma. Al pobre gorrioncillo sólo consiguieron arrancarle unas cuantas plumas y deformarle aún más.

Así que fue creciendo encerrado entre las sombras del nido. Todavía , algunas mañanas, trinaba al amanecer, sobre todo cuando el tono rosado del cielo se tornaba anaranjado y se le hinchaba el pecho sin querer, y se le llenaban de tonos dorados las alas y no podía evitarlo.

Incluso aprendió a desplazarse entre las ramas a saltitos, usando el ala buena para deslizarse hacia abajo y pasear por el suelo buscando castañas o gusanillos o cualquier cosa con que distraerse. Y no le iba tan mal. Por las tardes, cuando caía el sol, su madre volvía a recogerlo.

Una mañana de invierno, despertó y tenía el otro ala exactamente igual: Contraído, inservible, arrugado y mustio.

Pero ya no era un gorrioncillo cualquiera: era un gorrión.

Empezó a hacer frío. No podía salir a por comida, y sus padres ya no estaban para trotes. Empezó a asustarse. El nido empezó a tambalearse.

Le construyeron unas rejillas de plata, un techo, un suelo, un bebedero y un pequeño receptor para el pienso seco con un espejito para que se entretuviera. Y le dejaron ahí, bajo la tutela de los cuidadores, guarecido del frío y protegido de la gravedad.

Cerró la puerta. Se olvidó de aquellas auroras y del rosado y naranja del cielo. Y dejó de trinar.

Pasaron dos años.

Y casi casi estaba acostumbrado cuando, de pronto, un día de primavera, una palomilla se acercó a las rejas.

- Eh, tú
- Hola.
- ¿Qué haces ahí metido?
- ¿No ves mis alas?
- Sí.
- Déjame ver.
- Mira.
- Vaya, no pinta nada bien.
- No, pero puedo imitar a un pollo asado... mira.

A la palomilla le hizo gracia su ocurrencia. Le salieron chispillas de los ojos.

- ¿Y no te aburres?
- Mucho. Claro. ¿Y tú, qué haces por aquí?
- Andaba perdida.
- Quédate un rato.
- Claro.

A partir de ese día, la palomilla le visitaba durante unas horas todas las tardes. Se hicieron muy amigos. Se contaron secretos. Se rieron tanto que hasta escandalizaban a las ardillas.

Ella empezó a describirle los amaneceres rosados y naranjas, y sin darse cuenta, un buen día, el gorrión empezó a cantar de nuevo. La palomilla, sorprendida, le dijo:

- ¿Sabes? Es la primera vez que escucho cantar a un gorrión.
- ¿No oyes los trinos?
- Sólo los tuyos.
- Será la acústica de la jaula.
- Será.

Una tarde, la palomilla se vio reflejada en el espejito.

- ¿Esa quién es?
- Eres tú, ¿no lo ves?
- ¿Realmente soy así de guapa?
- Sí, y no sólo eso, eres mi única amiga.

Los ojos de la palomilla volvieron a chisporrotear.

- ¿Puedo entrar a mirar?

El gorrión titubeó un poco, pero muy poco: hacía mucho que tenía ganas de tocar sus plumas suaves y blancas y de restregar la cabecilla contra la suya.

Abrió la puerta.

La palomilla entró y se volvió a mirar en el espejo, esta vez con mucho más interés.

Y el gorrión se colocó justo detrás.

- ¿Qué ves?
- No sé, pero te he visto ahí detrás muchas otras veces.
- ¿Justo así?
- Justo así.
- ¿Y qué piensas?
- Pienso que ya no estoy perdida.

Durmieron acurrucados.

Por la mañana, el gorrión despertó y vio que, en el lugar de su ala izquierda otrora maltrecha, había un trocito de un suave ala blanca de paloma.

Ella le miraba sonriente, disimulando el muñón donde antes había estado la otra mitad de su ala izquierda.

- Pero, ¿qué has hecho?
- ¿Importa mucho?
- No puedo quedármelo...
- Ya es tarde. Pruébalo.

Salieron los dos, él tambaleándose y ella intentando acostumbrarse a su ala y media para poder compensar la falta de balance.

Volaron un poquito. La palomilla lo sujetaba por el ala mala y él conseguía mover el otro con un poco de esfuerzo.

Llegaron hasta lo alto de una colina, y de nuevo el rosado y naranja del sol tiñó sus alas de dorado. Y se le hinchó el pecho. Y consiguió lanzar unos débiles trinos al aire.

Volvieron a la jaula, algo eufóricos.

Pero el gorrión, agotado, entró y cerró la puerta.

La palomilla lo miró desde fuera sorprendida:

- ¿No me dejas entrar?
- No puedo. No sirvo.
- ¿Y yo, qué hago con mi media ala?
- Quítamela.
- No puedo. No puedo recosérmela. Ya no me pertenece.
- Pues te la iré devolviendo como pueda. Pero a mí no me sirve. No tengo fuerzas.
- ¿Y dónde voy yo ahora? ¿Y cómo voy a cuidarte? ¿Y cómo voy a enseñarte la aurora? ¿Y lo que es peor, quién me va a cuidar a mí?
- No puedo. No puedo.


La palomilla se quedó esperando, fuera, un buen rato. Asustada, entristecida, apocada.

Pegó un brinco torpón y salió, tambaleándose con su ala y media, golpeándose contra las ramas de los árboles y buscando un lugar donde dormir, dormir, dormir, hasta que el tiempo sólo fuera un recuerdo.

domingo, junio 11, 2006

Sublime sans interruption

Pont Neuf


Le Dandy doit aspirer à être sublime, sans interruption.

Charles Baudelaire
(Para H.)

El hombre del abrigo gris entró en el Café Les Deux Magots. Al abrir la puerta, los faroles amarillentos de la fachada le iluminaron la frente proyectando sombras bajo sus ojos, boca y nariz que le aportaron, por un momento, un aspecto aún más tétrico y enfermizo.
Sin embargo, su pelo negro arremolinado, sus ojos grises vivos como ascuas, gritaban en silencio que aún esperaba el milagro.

Se retiró un par de gotas de lluvia de la mejilla con la palma de la mano, respiró hondo, y se acercó con paso cansino hacia el centro del café. Miró a su alrededor, inquisitivo. Sólo hacía un mes que venía a este café, y todavía no se había hecho amigo de los habituales. Ni siquiera sabía si él podía considerarse “habitual”. Su boca dibujó un irónico gesto torcido al pensar en el juego de conceptos: ¿Acaso la muerte, su sombra, es habitual? El problema es que la respuesta siempre es “sí”.

Miró hacia atrás esperando ver a la Parca asomada a los ventanales, sacándole la lengua con sorna y escribiendo en la humedad del cristal: “No escaparás”.

Pero ningún rostro enjuto le sonreía desde el frío de la acera parisina. Su sombra se había despegado de él por un momento, y eso era en sí un motivo de celebración.

Se acercó a una esquina y dejó caer sus huesos cansados sobre uno de los asientos semicirculares. Se desabrochó el abrigo, se ajustó el chaleco negro con falsa presunción y apoyó los codos en la madera agrietada de la mesa. Con un leve gesto de la mano derecha intentó llamar la atención del camarero de batín blanco. Caso omiso.

- Bien. Todo en orden.

Sonrió y traqueteó sobre la mesa con los dedos mientras el humo de quinientos cigarrillos, cigarros y dulces Gitanes invadía su espacio. Y ahí, en la bruma repentina, apareció ella - traslúcida y pálida como un cuadro de Monet.

- No va a venir a no ser que tenga un buen motivo para hacerlo – dijo la aparición, sentándose sin invitación frente a él.
- ¿Y el motivo podrías ser tú?
- Claro. Sólo tienes que poner cara de que realmente vas a invitarme.
- Dame un buen motivo para hacerlo.
- Soy barata.
- Supongo que es tan bueno como cualquier otro.

Milagrosamente, el camarero apareció treinta segundos después.

- ¿Desea algo, monsieur? ¿Mademoiselle?
- Absenta para los dos, gracias – dijo ella.

Era guapa, a pesar de su aspecto ajado. El pelo castaño le caía en ondas suaves bajo un gorro de lana azul y tenía unos ojos enormes, intensos, verduscos, tremendamente adultos y aún así casi infantiles en su pátina de melancolía. Se quitó el desvencijado chaquetón de piel mate, se ajustó coqueta el vestido de lana roja y sacó una pitillera de plata.

- ¿Fumas?
- No, gracias. Tengo enfisema.
- Cualquiera lo diría.

Llegó la absenta y ella dio dos pequeñas palmaditas de alegría, desperdigando chispitas del cigarro en el aire. Él la miró con curiosidad, observando la delicadeza con la que introducía un terrón de azúcar en el líquido verdusco, lo recogía con la cuchara, colocaba ésta sobre el vaso y luego lo prendía con una cerilla de madera, sonriendo mientras la cálida llama iluminaba la punta de su nariz.

- ¿No vas a beber? – dijo ella, observando su impasibilidad.
- No se me da tan bien como a ti el ritual.
- Deja que lo haga yo.

La chica tomó su vaso con un leve y repentino aire de timidez e hizo lo propio. Cuando el terrón de azúcar empezó a arder, se lo acercó otra vez con un empujoncito.

- Ahora, apaga la llama y deja caer el azúcar. Si no, se te quemará.
- De acuerdo. Tú mandas.

Bebieron, ella a leves sorbitos y él a sorbos alargados y espaciados, mirándola siempre a los ojos.
- ¿Estás bien? - le preguntaba él.
- Estoy muy bien, gracias. Ya no hace tanto frío.
- Dime, ¿cómo de barata eres?
- Oye, que yo sólo me dejo invitar. ¿Qué te habías creído? Lo que pasa es que nunca pido nada demasiado caro.
- Entiendo. Discúlpame, entonces. No quería ofenderte.
- No te preocupes. Estoy acostumbrada. Como puta cobraría mucho más. Pero no se me da bien.
- ¿No se te da bien?
- No, lo intenté durante un par de semanas y los clientes se quejaban a la madame: decían que no era lo suficientemente viciosa. Supongo que no le echaba suficientes ganas. Y eso que no fingía nada mal. Practicaba en casa, frente al espejo... hasta quedarme casi sin respiración. Pero no era lo bastante creíble.
- ¿Y qué pasó?
- Pues nada, me despidieron.
- ¿Te despidieron del burdel?
- Sí. Pero me alegro. A estas alturas igual ya tenía sífilis o un pobre niño que dejar a las puertas de Saint Germain des Prés.
- ¿Ves la torre de Saint Germain, ahí, desde la ventana? – indicó él – es una bonita iglesia. Igual no hubiera estado tan mal atendido.
- Prefiero no traer a nadie a este mundo. ¡Si ni siquiera consigo cuidar de mí misma!

El hombre sonrió con cierta tristeza. En su boca se dibujó el principio de una frase sarcástica, pero la acalló antes de pronunciarla. No podía. Por primera vez en tanto tiempo, no se sentía solo. Tampoco entendía de dónde venía esa sensación de familiaridad que le embargaba cuando el olor a violeta mustia de la enigmática mujer le llegaba entrelazado en la humareda del café.

- Bueno, ya basta de ese tema. ¿Qué haces tú en el Deux Magots? – preguntó ella, jugueteando con la cuchara.
- Había decidido esconderme aquí un rato. Tenía una cita más tarde.
La sonrisa se le apagó un poco a la chica. Musitó, disimulando desinterés:

- Oh... Bien, entonces no debería ocupar más tu tiempo. ¿Has quedado aquí?
- No. En el Pont Neuf.

Ella le miró sorprendida. Pocos segundos después, sin apartar sus enormes ojos de los de él, dejó que un ligero velo de comprensión cubriera lentamente su cara. Una vez más sonrió con ese aire tímido que parecía tan nuevo en ella y se mordió el labio inferior. Al rato, preguntó:

- Entonces, ¿vas a ir?
- Dime, ¿qué me aconsejas?
- ¿Qué preferirías?
- Que vengas conmigo o que me lleves a otro sitio.
- Yo no tengo dónde esconderte. Pero si me dices cualquier otro lugar lejos de aquí, te acompañaré.
- Muy bien. Pues pongámonos en marcha.


Se levantaron a la vez, y sus cabezas chocaron levemente. Ella rió nerviosa, se ajustó la gorra y se ciñó el chaquetón con torpeza.

- ¿Dónde vamos? – le preguntó.
- Da igual. Confía en mí.

La chica le miró durante un instante más mientras él la cogía de la mano. Luego, introdujo la otra mano con aire decidido en el bolsillo de su chaquetón y sacó un pequeño pastillero que dejó caer con un alegre tintineo sobre las deslucidas baldosas del café.

sábado, junio 03, 2006

De hospitales, hot dogs y semáforos (recuerdos de un día de invierno)

Cuando me despierto en mi cama, tengo que levantarme por el lado derecho porque el izquierdo lo tapa la pared. Pero hoy me he despertado en otra ciudad, bajo el cuadro del ángel de la guarda de mi niñez, y muy pronto, y sin mis paredes protectoras. ¿Cómo saber de qué lado levantarse? Bueno, creo que fue el derecho esta vez, el más cercano a la ropa porque me tenía que vestir a toda prisa. Y luego el olorcillo entre dulzón y agrio del hospital, veo batas verdes, blancas, rosadas... ¿qué equipo juega hoy? Planta de Coronarias. Paso una mano por debajo de la sábana y hago cosquillas subrepticiamente al pie desnudo de mi madre. "¡Quita, quita, que me matas!" dice. Y yo me río, mientras la enfermera le pasa la nitroglicerina: "Como pille por ahí una jeringuilla de esas tochas verás si te mato." Me voy a la segunda planta. Cirugía interna. Unos conocidos me dicen que la tía ya tiene fecha para la tercera sesión de "quimio". Fecha y todo, qué ilusión. Qué nervios. Blanca y radiante va la novia. Hay ya tanta confianza que hasta le ponemos motes. "Quimio". "Radio". Todo tannn bonito. Me apoyo en la ventana y veo a las monjas del convento de abajo regando los geranios. Cuando mi padre (creo que eso era en Traumatología) nos íbamos paseando hasta ese ala también y nos imaginábamos historias de terror sobre las monjas, aliñadas por todo tipo de instrumentos de tortura medieval. Será la reverberación de la memoria colectiva. Ahí, dos calles más abajo, se casaron los Reyes Católicos. Ahí, una esquina a la izquierda, me casé yo. Luego me descasé, pero ya no fue en la iglesia. Vuelvo a pasearme por el pasillo, tic, toc, tic, toc, un pie encima de cada baldosa, sin salirme de la raya. Sigue el camino de baldosas amarillas. Me pongo a saltar la rayuela al lado de la unidad de Cuidados Intensivos. Ahora soy yo la que jadea. Subo corriendo de nuevo a Coronarias, no sea que me confundan con una enferma y me hagan un cateterismo. En la habitación 326 ya ha terminado la merienda de nitroglicerina. Miro a mi madre los ojos. Qué raro que sean tan azules y los míos tan castaños. ¿De qué civilización perdida se habrá escapado? "Tienes que parar", me dice. Paro. Paro en seco. Miro de nuevo hacia el pasillo, y se vuelve a encender el semáforo en mi cabeza. Sí, no hay otra. Hay que cruzar al otro lado porque no se puede parar. El mundo es inmensamente grande y hay tantas calles que cruzar... lo que pasa es que si te mueves en el momento erróneo te atropellan. Y luego acabas ahí, en Traumatología. Me siento, pensando en que tengo que cruzar, y pienso en la Tercera Avenida. Hoy sería un día perfecto para tomarme un hot-dog al sol.

sábado, mayo 27, 2006

Highway from Hell


(Para Asmadeus, con fe.)


Hans Ibsen se despertó más dolorido y nervioso de lo normal. Cierto es que en el infierno no puedes darte el lujo de una tranquilidad contemplativa, porque las jodidas llamas y los tridentes son altamente molestos, y escuecen. Sobre todo a la hora de la siesta.

Y tampoco es muy fácil dormir entre los espantosos gritos de agonía de los vecinos.

Se había acostumbrado a medir el tiempo en el infinito según la época, y en esa lo hacía a golpe de eructos – 4 eructos: 1 hora.

Eructó, y decidió que debía ser por la tarde. Ahí estaba, tumbado sobre su roca habitual al borde del cráter habitual, intentando evitar los habituales salpicones de lava candente que se empeñaban en destrozarle los dedos del pie.

- Malditos abismos infernales – se dijo, mientras encendía una colilla con un trozo de carbón encendido y sacudía asqueado la pierna derecha para liberarse de una cucaracha gigante que había empezado a alimentarse con su gemelo.

Sobre la superficie rojiza del suelo apareció una sombra familiar, una figura ominosa y humanoide coronada por dos tremendas astas encorvadas.

Sonrió con un poco de amargura y miró hacia arriba, tapándose la frente con una mano para evitar el destello de aquellos ojos en llamas.

- Buenas tardes, Belfegor. Ya se te echaba de menos. ¿Cuánto ha sido? ¿Dos, tres años?

- Algunos más, me temo. Mueve el culo y levántate.

Belfegor era un tipo feo. Siempre lo había sido. Pero tenía carisma. Se podría incluso decir que escondía un matiz de bondad bajo su piel negruzca y escamosa y, por algún motivo, sus cuatro metros de altura no eran del todo intimidantes. O tal vez es que le había cogido cariño.

¿Se puede tener el síndrome de Estocolmo en el infierno?

Se desperezó como pudo y se puso en cuclillas, sin importarle en absoluto que el Demonio milenario viera sus chamuscadas partes pudendas oscilando sobre las rocas.

- ¿Qué va a ser ahora, querido? ¿desollación? ¿descuartizamiento? ¿Partida de bridge?

- No me provoques, Hans. Levántate o te saco de aquí arrastrándote por los pocos pelos que te quedan hasta que acabe hundiéndote las uñas en los sesos.

- En los cuarenta años que llevo aquí no me habías dicho nunca nada tan romántico.

- Ni tú me has invitado a cenar.

- Normal, he estado bastante ocupado devorando mis propios intestinos.

- Levántate. No te lo voy a repetir más.


Se levantó, raspándose las palmas de las manos contra las piedras afiladas. Un hilillo de sangre se deshizo entre sus dedos. Le ofreció una uña ensangrentada a Belfegor y sonrió.

- ¿Quieres un poco o vas a darte un festín con mi hígado?

Agarrándolo por un brazo, el demonio empujó a Hans por un camino cubierto de cal y vísceras. Al fondo, las siluetas de los cráteres y volcanes en erupción dibujaban bonitas sombras rojizas sobre el cielo gris. Cuerpos empalados sobre postes negruzcos se retorcían a su paso. Algunos le saludaron.

- Hans, ¿dónde te llevan?

- No sé, Minnie. Supongo que volveré. ¿Te duele mucho eso?

- Aguanto como puedo. Es molesto, sobre todo cuando me llega la punta a la glotis. Oye, Hans, cuando vuelvas, si puedes, a ver si me traes algo de agua.

- Haré lo que pueda, Minnie. Aguanta ahí.

Al final del camino estaba la puerta. Hacía al menos tres años desde la última vez que lo habían llevado al umbral, desde aquel día que las huestes del séptimo círculo se habían cebado con él en una de sus orgías. Todavía le dolía el costado por donde Abaddon le había arrancado los riñones a bocados, y la tráquea a menudo se le desprendía después de haber sido masticada por el glotón de Haborimo.

- ¿Qué va a ser esta vez, viejo amigo? Dame al menos una pista, no me mantengas en la intriga... que vivo sin vivir en mí.

- Calla, Hans. Ya estoy harto de ti. Largo.

Belfegor le pegó un empujón en la espalda con una de sus zarpas dejándole un bonito surco rojo, extendió las alas de murciélago y salió volando.

Las Puertas del Infierno eran bastante más prosaicas de lo que uno se imaginaría. Nada de orlas doradas ni grabados luciferinos en el acero: Un par de viejos tablones de madera roída algo cochambrosos, sujetos con una barra de hierro.

Se sentó en el suelo y esperó, sumiso, a que vinieran a buscarle.

Al cabo de unas cuantas horas, y viendo que nadie aparecía, se levantó y observó las puertas con detenimiento. Colocó una mano tímidamente sobre la barra de hierro y empujó hacia la izquierda: se deslizó suavemente y dejó al descubierto ambas puertas, que se abrieron con un leve gemido.

Miró atrás: no aparecía nadie por aquel camino calcinado.
Al fondo, en el horizonte rojo, las figuras de los empalados bailaban en el vapor de las llamas como libélulas moribundas.

- Que les den a todos por el culo – se dijo.

Y salió.

jueves, mayo 18, 2006

Alfabestias

Hace tiempo que vivo con esta pexadilla. No recuerdo ya muy bien... ¿Dos semanes? ¿tres? Me quita el sueño, me mina el apetito, merman mis energíax a medida que rebusco y rebusco en el enigma. El caso es que me estoy volviendo totalmente loca, de hecho he llegado a penser que es todo un producto de mi calenturienta imaginación. Pero no, la evidencia está clara, cada día lo demuestran con máx y mayor constancia: las tecles A y S de mi teclado se han peleado.

Desde entonces, y haxta que no encuentre una forma de conseguir una reconciliación, no me es posible escribir ninguna palabra en la que ambes letrax estén juntes. Por eso, cada vez que se da el ceso, me veo obligada a sustituir a A por E y S por X. En un principio sugerí a A dejarme utilizar la @, que al menos tenía un cierto parecido como es el caxo de S con X. Pero A es arisca y orgullose, y afirma que – siendo nada menos que la primera letra del alfabeto – no está dispuesta a ser sustituida por un signo.

Y a pexar de que le he asegurado repetides veces que la arroba es un signo que proviene del latín, se sigue negando La muy axtuta.. Es més, como habréis comprobado también me veo obligada a alternar el uso de sus letrax sustitutes, para que axí la ecuanimidad sea total. El problema es de difícil solución. Penseréis que sería tan fácil como cambiar de teclado. No soy tan tonta, ya lo he intentado. Pero ni aún axí funcionó. El problema radica mucho més allá. Creo que el enfrentamiento se produjo directamente en el disco duro, o posiblemente en el procexador. He probado incluso a formatear el disco, pero tampoco he conseguido solucionarlo.

Al final, tres un larguísimo proceso de investigación, revixando el backup que realicé antes de formatear, descubrí que el origen de esta pelea se remonta a hace una semana cuando abrí, como cada mañana al sentarme frente al ordenador, la página web de El País. Me fijé en la curiose noticia de que Madonna se había convertido a la Cábala. Al parecer lax letras de mi teclado también se fijan en todo lo que yo leo. No en vano están sometides al continuo contacto con mis dedos y, de algún modo, van recogiendo pequeñax señales de la actividad electromagnética de mis ondes cerebrales.

Y bien, en mi indagación no solamente descubrí eso (confirmado máx tarde por las mismísimas A y S, pero cómo llegué a alcanzar la comunicación con elles es algo que contaré en otra ocasión). También descubrí, para mi tremenda sorprese, que cada vez que dejaba el ordenador encendido lax teclas investigaban por su propia cuenta. No vamos ahora a contar cuáles han sido les inquietudes del resto del alfabeto porque esta historia entonces sería interminable… y ese trabajo ya lo hizo con mejores méritos Michael Ende.

El ceso es que tanto A como S coincidieron en la misma curiosidad por los secretos de la Cábala Gnóstica. Y, durante noches y noches en mi ausencia frente a la pantalla, fueron entregándose a una batalla sin igual sobre sus derechos. Primero, me confesó A, fue el inocente vacile mutuo sobre sus correspondientes referentes numerológicos. Según la Tabla Numérica Cabalística tanto A como S tienen el mismo valor: 1. El significado del número 1 es el siguiente: “Nuevos comienzos, originalidad, liderazgo, inventiva, disposición y energía maxculina.” Era en este último punto donde empezaron a discrepar, pues tanto una como otra eseguraban poseer pura esencia femenina. Una por ser vocal y la otra por ser sinuoxa. Negaban, sin embargo, y especialmente S, que su género fuera exactamente igual ya que A afirmaba que, siendo vocal, tenía més capacidad de acuñación léxica – el poder de dar la vida – y S como mucho podía aportar una pluralidad en muchos cesos obsoleta. Por lo tanto A absorbía máx poder de su valor numérico que S, que simplemente se ajustaba a un estándar. Sin olvidar la pedante manía de A de recordar en todo momento que ella también es una conjunción y por lo tanto pertenece a la élite vocal.

Intentaron redefinir sus territorios mediante una relectura de su valor numérico a otro nivel, lo que sólo acrecentó el fuego de su discordia: recurrieron a la tabla ESCII. Cuál sería la sorprexa cuando descubrieron que el valor de A es 065 y el de S 083; ambos números suman 11, y 11 suma .... 2. En ambos cesos empate total.

Ni siquiera su posicionamiento en el Alfabeto resolvía el caxo: A está en el puesto 1 mientres que S se encuentra en el 19; 1+9= 10, 1+0= 1. La única forma de que consiguieran desempatar sería si se rigieran por el alfabeto clásico cestellano, es decir, la incursión de la CH entre la C y la D y la Ñ entre la M y la N; esto convertiría a S en 21 y su valor sería de 3, lo que rompería el hechizo del paralelismo entre ambax. Pero la disputa ahora ha ido més allá. Se trata de demostrar que A es polivalente y superior puesto que le corresponde el número máx cercano a 0 en cualquiera de los cesos. Del mismo modo, S insiste en que esto mismo le convierte en inferior Y en esto estoy, ahora mismo. Suplicándoles una cercanía y un acuerdo mutuo que me permita volver a escribir. El caxo es que está afectando directamente a mi forma de penxar. Incluso a mi forma de hablar. La gente me pregunta constantemente qué digo, por qué formulo palabres tan extrañax de pronto; los desconocidos me preguntan si soy gallega, o francese, o italiana; estoy viviendo un desdoblamiento de personalidad tan acuciante que... sin duda alguna... en cualquier momento tendré que recurrir a borrarlax directa y definitivamente de mi alfabeto. Les sustituiré por K.

Mi vidk keguramente ckmbirk de unk formk dolorokk; keré unk friki mkk pero kl menok kkbré quién koy.

sábado, mayo 13, 2006

Todos me llaman el negro, llorona.


Fíjate en la tremenda ironía:
para escribirte este poema me he puesto una ranchera.
Sí, de la anciana aquella de voz mórbida que hoy
preside el coche fúnebre de nuestra historia.

Me parece un poco absurdo escribirte así
en el tren,
desprendida del recuerdo, pero aún así recordando,
como si fuera hace un minuto
cuando te lavaba el pelo frente al balcón.
Y, aunque te parezca absurdo, recordando también
el olor agrio de nuestra cama los domingos por la mañana.

Recuerdo que el día que hice las maletas
las gatas me miraban confusas, preguntándose
por qué les ponía demasiado pienso y golosinas.
Hasta me dio tiempo a limpiarles la tierra de la caja,
con especial esmero.

Y, fíjate, que tuve la inspiración de tirar
a la basura junto con las heces felinas,
la última venda ensangrentada del post-legrado
para que el resto de nuestro hijo muerto languideciera
entre los desechos de sus hermanas.

Ahora voy en un tren persiguiendo la estela del atardecer
y un niño frente a mí le da un codazo a su madre
al encontrarse con mis ojos encharcados.
Yo sonrío y comento que la música es muy triste.

Si me hubieran dado una moneda
por cada vez que te lloré en un tren
ya tendría una pequeña fortuna
y sí, hubiera podido pagar a un eminente doctor
para que te extirpase de cuajo.

Pero no se me ocurrió hacer colecta:
ahora es demasiado tarde.
Presiento que me quedan pocas lágrimas
que ofrecerte en los trenes, o en el metro
o en la calle, o en el lado de mi cama
que se apoya contra la pared.
Afortunadamente, ya queda muy poco.

Pero hoy te mereces un pequeño,
casi póstumo, homenaje:
aunque ya haga más de dos años
desde que hice aquellas maletas
y sólo me quede una gata a la que sobrealimentar,
y no me hayan tenido que volver
a raspar ningún cadáver del útero
y sólo esté mi pelo en el cepillo,
y nuestra cama de colchón duro vanguardista
de los Grandes Almacenes la comparta una mejicana
de esas que replican los mariachis.

Te lo mereces porque ya está firmado el fin.
Déjame explicarte: hoy empieza a bajarse
el telón sobre nuestra tragicomedia,
y estoy en un tren, y escucho rancheras
y es el momento para que sólo los extraños
participen de este instante de nostalgia inconfesable.

Te lo mereces porque no tengo nada que reprocharte
y lo último que te entregaré supongo que será mi firma
sobre un papel en el juzgado más cercano a nuestro distrito postal.

Y porque el otro día también a ella la legraron
y no puedo escudarme en la indiferencia.
Quiero que tus frutos sean maduros,
te deseo posteridad,
inmortalidad y larga vida.
Te deseo lo mejor.

Créetelo. Aunque te parezca absurdo.




p.d. Mis agradecimientos a Ismael Cabezas por su corrección de estilo.

domingo, mayo 07, 2006

Tonta(s).


Mi madre siempre me decía que hay que saber hacerse la tonta, pero con inteligencia.

Luego parecía pensárselo y dejar las explicaciones a un lado y me decía directamente que hay que ser tonta.

Años después, cuando yo soltaba alguna perla de mi filosofía de bolsillo, me miraba a la cara y me decía: “Es que... hay que ser tonta”.

Mi padre simplemente me decía que era tonta. Que las dos éramos tontas.

Pasaron los años y sólo quedas tú, mamá. Tonta de mí, que no supe apreciar tus palabras. Me sabías (y me sabes) una rebelde nata, y me decías lo contrario de lo que querías que hiciera para lanzarme de pleno en el sentido opuesto.

A veces funcionaba, a veces no.

Esta vez no funcionó, porque he sido tonta toda la vida, y loca, y temeraria, y bastante lista cuando he querido, pero... en el fondo... así como en el fondo, a nivel subrepticiamente subconsciente, tonta.

Eso sí, con inteligencia.

Sin embargo, ahora tú eres todo lo que tengo. Imagínatelo. Aunque nos hayamos peleado tanto. Y por TANTAS tonterías. Aunque nos hayamos hecho llorar. Y menos mal que eres todo lo que tengo, porque no se me ocurre qué mejor tener.

También tengo cositas que complementan el tesoro, no te preocupes tanto: tengo a mi gata, tengo mis amigos, tengo cierta ilusión, tengo a quien mirar directamente a los ojos sin que se esconda... me tengo a mí.

Pero, insisto, tú eres globalmente todo lo que tengo y todo lo que hubiera deseado tener.
Aunque no compartas mi cotidianeidad ni mi rutina, ni mi domesticidad, aunque participes de mi vida en la dosis que yo me atrevo a administrarte... pero lo eres todo.

Y sí, tal vez un día consiga decírtelo... cuando hayamos matado a todos los demonios y hayamos mandado a todos los fantasmas a sus celdas oscuras. Y el eco de mis palabras llegará a algún lugar donde las pueda escuchar papá.

No te preocupes, que seguiré haciéndome la tonta... con inteligencia.

domingo, abril 02, 2006

El espejo negro

Alguna vez he pensado que tal vez me equivoqué contigo.


Siempre fuiste un desastre. Recuerdo aquella mañana de domingo en el parque, el día que nos aventuramos a hacer un picnic. Casi incendias media ciudad al encender la pequeña barbacoa. Me quemé dos dedos al intentar apagar el fuego con el mantel y me salieron tres ampollas brillantes como globos, incrustadas entre la carne chamuscada. Aquella noche las lamiste con ternura. Me decías: “Están saladas, están saladas” y sonreías. Luego hicimos unos cuantos chascarrillos horteras sobre las barbacoas y las salchichas, y tú te pusiste encima suavemente mencionando no sé qué marca de embutidos alemanes con salsa picante. Recuerdo que esa noche estabas especialmente bella mientras te mecías empalada en mí. Y yo, me olvidaba totalmente del dolor.

Alguna vez me quedé en trance simplemente mirando el brillo de tus cabellos castaños. ¿Recuerdas los atardeceres dorados en el balcón, cuando la luz se teñía de naranja y malva? Yo cogía un mechón de tu pelo en una mano, lo doblaba a la luz del sol y me quedaba hipnotizado mirando el chorro espeso de miel descendiendo incandescente hacia abajo. Tú me hacías girar los ojos hacia la puesta de sol para mirarte en ellos, y susurrabas: "mi espejo negro".

Me pregunto por qué me llamabas eso. Mis ojos no son negros; sabías perfectamente que en ciertas luces tienen reflejos castaños y ese peculiar puntito oscuro encima del iris que tanta gracia te hacía. Lo llamabas el satélite.No deberías haber ennegrecido mi mirada. Siempre quise que fuera clara para ti. Sin satélites, sin motas que te distrajeran; simplemente un lugar donde verte reflejada, porque sabías que yo sabía quién eras y la mejor respuesta estaba ahí cuando caías prisionera del abismo y llorabas asustada sin recordar tu nombre. No, no son negros. Mis ojos nunca fueron negros.

Nunca me viste tal como soy.

Cuando gritabas, yo sólo quería hacerte callar con un beso. ¿Por qué no entendías que eso era lo único que quería? ¿Por qué me retirabas la cara? Sólo conseguías hacer el precipicio más y más alto, poner roca sobre roca, hasta que no había más remedio que saltar. Y yo te lo intentaba explicar. Recuerdo una noche; habías gritado mucho y yo te pedía perdón mientras iba mojando tus mejillas de lágrimas. “Pruébalas, están saladas”, te decía para apaciguarte. Pero mirabas hacia otro lado, y eso dolía. No te imaginas cuánto. Te notaba lejana, te sentía lejana, y a pesar de mi dolor tenía que hacértelo comprender.
El día que fui a buscarte a la puerta del trabajo, aquel martes de noviembre... ¡Qué guapa estabas! Puedo verlo como si fuera hoy. Llevabas el abrigo de lana verde y me sonreíste al entrar en el coche, llenándolo todo de un rastro invisible de jazmín. Yo apartaba la vista de la carretera y te miraba, arriesgando nuestras vidas entre el tráfico caótico de hora punta, y tú te retorcías nerviosa. Pero te mordías el extremo derecho del labio, y eso siempre fue señal de que estabas excitada. No lo niegues, te encantaba. Y tus muñecas eran tan hermosas cuando te agarrabas al cinturón... creo que cada vez que miraba aquellos huesecillos infinitamente frágiles y delicados sobresaliendo por tu piel de porcelana me daba un vuelco el corazón. Como tu nuca.
Tu nuca era la cosa más delicada del mundo. Especialmente ese pequeño valle que se marcaba en el centro, tan infinitamente suave. Exhibías tímida, temerosa con orgulloso poder mis regalos: aquellas líneas rojas con pequeños puntitos morados en las muñecas y la nuca, las marcas tribales. Más valiosos que cualquier pulsera de diamantes o cualquier collar de rubí.

Me fascinaba el contraste del rojo con tu piel tan blanca.

Cuando más te amé fue cuando empecé a jugar con los hilitos de sangre entre tus muslos, dibujando estrellas y corazones con la yema de mi dedo y la punta del escalpelo. Creo que te oía suspirar, y hasta te mordías el extremo del labio. No lo niegues. Me encantaba el olor de aquella menstruación falsa, sólo mía. Yo te hacía mujer y yo estaba por encima de las leyes de la naturaleza. Y te miraba y tú llorabas. Y me hacías llorar, no sé si de felicidad o de ternura. Tan bella. El cuero te favorecía mucho, por eso lo elegía siempre para enganchar tu delicado cuello, tus muñecas perfectas y tus finos tobillos a la cama, y deleitarme con la combinación de cuero y sangre entre tu cuerpo de manteca batida.

Pero a veces he pensado que tal vez e equivoqué contigo. No eras perfecta: No te dabas cuenta de que mis ojos eran castaños. Que te quería tanto o más que a mi vida.
Que yo marcaba las reglas porque tú me implorabas que las marcara. No llegaste a entenderlo del todo, mi vida. Y, por eso, a veces me arrepiento de haberte dado el poder de la inmortalidad haciéndote mía. No sé si te lo merecías del todo... No pienses que soy cruel, perdóname. No quisiera ofenderte ni hacerte llorar. Pero permite que tenga esta pequeña duda... que tal vez... tal vez... no merecías estar al otro lado de mi espejo. Lo que me hace sentir aún más generoso en mi misericordia: hubieras sido demasiado desgraciada estando viva.

miércoles, marzo 15, 2006

Barnum & Barley

It’s a Barnum and Barley World
Just as phoney as it can be
But, oh! It wouldn’t be make-believe
If you believed in me.

"Paper Moon", de Ella Fitzgerald


Hoy le subieron la dosis.

Apenas dos horas después, ya lo notaba. La reacción inmediata fue que se puso bizca, como si las pupilas quisieran darse un beso. Una hora después, sus fosas nasales estaban hiper-ventiladas. El aire entraba limpio y raudo por el túnel interno hacia los pulmones, que se ensanchaban orgullosos y pletóricos cada siete segundos.

Una hora más tarde la cabeza seguía haciendo equilibrios sobre el cuello mientras dentro chocaban miles de nanosaltimbanquis en un desmadre circense. Y ella se ponía de pie, cogía paso firme, daba tres o cuatro paseos por la habitación, y les espetaba:

- Todos a la una, vamos, controlaros. ¡¡Coordinación, coordinación!! ¡¡Coreografía, nada de descontrol!!

Y con los ojos cerrados iba señalando uno a uno a los funambulistas, los payasos, los domadores de tigres, las bailarinas con tutú plateado, los hombres forzudos y los hombres bala.

Y de su cabeza emanaba discreta una marcha a lo Wringling Bros.

- Ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta-taaaaaaaaaaaaam – boing-boing-boing.

Se rascaba las orejas, se pasaba la lengua por los labios, se mordía las yemas de los dedos. Y globos en forma de elefantes rosas flotaban en el espacio que unía sus hemisferios. Sonreía. Sonreía mucho.

- Alguien les ha puesto un parque temático a mis neuronas.

El lobo, indiferente a todo, comía algodón de azúcar encerrado en una jaula al lado de los tigres, los leones, los osos esteparios, los monos tití, el elefante pintado de azul. De cuando en cuando miraba de reojo en dirección a las fieras, chasqueaba la cola y entornaba los ojos amarillentos. Y las fieras se retraían en sus jaulas, se abalanzaban contra los barrotes gimoteando como niños.

Ella sonreía, de pie frente a la la ventana. Chasqueaba la lengua y entornaba los ojos mirando al cielo.

Dentro, entre risas, cuatro diminutas contorsionistas tailandesas tiraban cacahuetes al lobo que – inmune a todo y somnoliento por el atracón de azúcar – dejaba de chasquear la cola, dejaba de entornar los ojos amarillentos, y dormitaba, los cacahuetes rebotando sobre su pelaje gris otrora lustroso.
Las diminutas contorsionistas tailandesas volvían a reír y se columpiaban sobre el cartel de madera que encabezaba la jaula:

EL LOBO TRISTE Y GLOTÓN
¡PASEN Y VEAN!


Mientras, las fieras de las otras jaulas las seguían con la mirada. Ansiosas, asustadas, hambrientas.

Ella se alejó de la ventana, se dejó caer de nuevo sobre su silla, se acarició la cabeza, respiró hondo. Intentó enfocar la vista, miró en su cartera, sacó un par de monedas y se compró una entrada para la primera función.

martes, febrero 28, 2006

Being yo Malkovich

Hace cinco minutos, cuando subía en el ascensor de vuelta a mi despacho, de fumarme un cigarrito a la fría intemperie, con la nariz helada, pero aún así obediente con la Ley Nacional Antitabaco, ciudadana de no-a-pie, ciudadana volada, ciudadana aleteante en el mar de obligaciones ciudadaniles, hace cinco minutos, digo, compartí ascensor con dos chicas jóvenes y energéticas. Su conversación era la siguiente:


Chica A: Creo que tengo posibilidades. No sé, pero esta vez me da en la nariz.

Chica B: Si es que todavía te queda tabique, so guarra.

Chica A: Calla, tonta. Que ya me han llamado para la segunda prueba.

Chica B: ¿Y de qué era?

Chica A: Joder, pues te lo dije. Es de prostituta, con un par de frases muy graciosas.

Chica B: Vaya. Suena bien.

Chica A: Sí, me toca llorar también.


Y, no sé por qué, volví corriendo a mi mesa y miré el reloj de la esquina inferior derecha de la pantalla. Aunque ya sabía a qué venía y por qué miraba… exactamente veintiocho minutos para que se terminara la hora de la comida. Es decir, veintiocho minutos para ser yo.

Porque no se puede escribir bien si se piensa lo que se escribe. En estos próximos veintiocho minutos voy a ser yo, mil veces yo, sin un papel cojonudo que llevarme a la boca, sin un enfoque contrapicado para encuadrar bien la escena dramática de la violación a punta de navaja donde quedaría tan perfecto meter un breve monólogo tragicómico mirando directamente a la cámara para darle unas pinceladas almodovarianas a la situación. Sin misterios.

Porque le doy tanta cuerda a la materia gris antes de dejar que se licúe como un helado de vainilla (gris) al sol, que luego todo me sabe mal, me huele mal, me sienta mal. Escribir podría ser, efectivamente, una de las pocas experiencias a la vez dolorosas y placenteras en igual medida. Como un domingo por la tarde. Como un tamal lleno de guindillas. Como el brillo esplendoroso y rojo de la sangre recién vertida. Como una buena sesión de sado. Sólo nos queda esto, sufrir-reír, vivir tan rápido que nunca lleguemos a tiempo, y así quedarnos siempre jadeantes con la euforia de quien espera impaciente el momento de llegar a su destino.

He roto con la segunda persona. He roto con la tercera. Hoy soy yo. En primera persona y en estado de importancia supina, yo, subida a un autopedestal en un Hyde Park ficticio, verde y reluciente, recién sacado del hipocampo, yo saludando impaciente a un mar de yoes que pasean por la hierba preguntándose quién es esa yo que se ha atrevido a subirse a un pedestal de cartón-piedra. Being Yo Malkovich.

Y todo esto es para decir que no me gusta interpretar papeles, ni me gustan los impulsos que me lleva a desearlo, que no sé qué tiene de excitante poder envolverte en celofán de distintos colores según el tipo de reacción que quieras despertar en los demás. Sólo eso, que hoy soy yo y punto. Y tal vez mañana también, o tal vez el día de mañana. Así, a medio-camino-entre-hoy-y-nunca.

Pero, si no me quejo, en serio, no me quejo de nada.
Hoy no hay casi nadie en la oficina, tengo espacio y tiempo a mis anchas y este bien podría ser el salón de mi casa, si es que existiera un universo alternativo en el que yo tuviera un salón con una mesa escritorio del tamaño de mi cuarto de baño. Además sólo tengo que girar la cabeza veinte grados a la izquierda para percibir que el sol de las tres y media de la tarde está saliendo tímidamente por la ventana y va borrando poquito a poco la sombra de la pared del edificio de enfrente. O arrastrándola mientras se va… yo qué se, por no saber ni siquiera sé si las sombras del sol se mueven hacia la derecha o hacia la izquierda a las tres y media de la tarde, o si el verde del parque de enfrente (igual que el Hyde Park de mi hipocampo) es tan verde porque la reflexión de los rayos del sol produce diferentes tipos de vibraciones o simplemente porque la han pintado así.
De pronto da igual haber olvidado todo principio de biología, de ciencias naturales y de astronomía, he olvidado el por qué de las cosas, y aún así se despierta el gusanito en el estómago al ver el brillo iridiscente sobre los ladrillos, sé que el sol está ahí, y el cielo es tan azul que casi duele, y que se han escrito millones de frases con millones de composiciones gramaticales diferentes solamente para describir ese azul en combinación con ese rayo anaranjado sobre los ladrillos y el verde radiante de la hierba del parque. Que esto es Madrid, pero aún así se podría coger un trocito, enmarcarlo con una ventana cualquiera y encontrar ochocientos mil colores juntos en un mismo enfoque.

Y el gusanillo del estómago se hincha, se mueve por dentro, abre las alas, se fisiona en doscientas mil mariposas que, absurdamente, van a provocarme un momento de felicidad efímera porque sí, por pura decadencia, porque hay un naranja, un azul y un verde y aunque hace un frío del carajo parece casi un cuadro de Van Gogh flotando tridimensionalmente tras los cristales, y yo que me he sentado aquí para ser yo me achico, me hundo en la silla, me diluyo, y me convierto en una pequeña pincelada más.

domingo, febrero 26, 2006

De nada servía quedarse esperando junto a la puertecita.


... De nada servía quedarse esperando junto a la puertecita, así que volvió a la mesa, casi con la esperanza de encontrar sobre ella otra llave, o, en todo caso, un libro de instrucciones para encoger a la gente como si fueran telescopios. Esta vez encontró en la mesa una botellita («que desde luego no estaba aquí antes», dijo Alicia), y alrededor del cuello de la botella había una etiqueta de papel con la palabra «BÉBEME» hermosamente impresa en grandes caracteres.

Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas.




La tarde era radiante, con esa luz que traspasa las pupilas y lo adorna todo de iridescencias.

Todavía en el portal, se quedó observando el cielo mientras sus dedos se deslizaban lenta e inconscientemente por las letras grabadas en el cobre de la placa del psiquiatra.

“Doctor Doria”, recordaban sus dedos.

Lo había elegido por su nombre Wildeano.

El papelito, su pequeño pasaporte lejos del Vacío, estaba a salvo en el bolso de lana gris. Su pequeño pasaporte. Acarició también el bolso y se echó a andar.

Sí, imaginaba esa tarde iridescente. Quería que lo fuera. Deseaba intensamente que esa tarde de febrero no fuera como las demás tardes de febrero. Porque, andando por la calle, vestida de ciudadana estándar con su abrigo azul y su importante bolso de lana gris, rozando levemente los demás abrigos que pasaban a su lado transportando a los demás ciudadanos estándar de a pie, ahí, andando, en movimiento sobre el asfalto, imbuída en esa luz de mil diamantes sucios de polvo, se disponía a intercambiar su vida con la de otra mujer que aún no conocía.

Encendió el mp3, se ajustó los cascos y dejó que sus pies imitaran el ritmo candente de Chavela Vargas. Y así puso marcha a su camino, canturreando:

Dicen que no tengo duelo, Llorona,
Porque no me ven llorar.
Hay muertos que no hacen ruido, Llorona
Y es más grande su pesar.


... por lo bajo, como si nadie fuera a darse cuenta. De todos modos daba un poco igual: el asfalto seguiría siendo asfalto, los ladrillos ladrillos, la gente seguiría mirándola al pasar, las miradas de sorpresa seguirían siendo las de siempre, las sonrisas disimuladas las de siempre, y ella simplemente otra muñeca rota, otra princesa sin diadema, otra puta sin clientes, otra niña vieja, otra anciana sin arrugas. Pronto sólo sería una de ellas o ninguna. O todas a la vez. Pero, sin duda, sería otra.

En todo caso, sabía que era un momento de adiós. Un adiós suave, gradual, escalonado, medido por veintenas de miligramos.

¿Cuántos obstáculos tienes que esquivar en la vida antes de pararte ante uno totalmente inesquivable? ¿Cómo reconocerlo? Cada uno mide su umbral con un baremo diferente, y hay hasta quienes encuentran una forma de vivir así, con los pies siempre fríos y temblando al borde del abismo. Sin puentes ni muletas.

Pero ella no podía con el vértigo. Era su obstáculo insalvable, y cruzar ese puente entre la placa de cobre del Dr. Doria y su destino era el mayor acto de humildad, valor o cobardía que había cometido en toda su vida.

Se imaginaba a su nuevo amante esperándola en casa, sentado en el sofá, con la mirada velada por el ala del sombrero. Sí, tenía que llevar sombrero, definitivamente, porque era su hipnotizador-gurú. Llevaría chistera. Y sería mucho más hábil que Houdini, más guapo que David Copperfield, más elegante que Anton LaVey, más sofisticado que Aleister Crowley, más erudito que Franz Mesmer.

Se lo imaginaba joven y entregado, vestido de oscuro, enarbolando una arrebatadora sonrisa ladeada mientras balanceaba el péndulo frente a sus ojos y la tomaba por la cintura delicadamente cuando ella cayera en ese largo sueño de ojos abiertos. Se imaginaba cómo, entonces, él volvería a sonreir y la llamaría, con la voz muy tenue, entre susurros, por un nombre que no era el suyo.

La tarde era radiante. El Vacío quedaba lejos. La derrota estaba firmada.

Se quitó los cascos y se paró frente a la pequeña puertecita. Y esperó un rato mientras la gente entraba y salía, envuelta en su cotidianeidad. Esperó hasta que se dio cuenta de que de nada servía.

Respiró hondo y entró en la farmacia.

sábado, enero 21, 2006

Moonglow



Hacía tiempo que lo venía pensando: el lobo es tonto. Es fácil engañarlo. Hacía mucho tiempo que lo venía pensando y ni siquiera se había atrevido a admitirlo, porque es tan sencillo echarle la culpa de todo... “El lobo me ha obligado”. “El lobo lo hizo”. “El lobo lo sabía desde el principio”.

“Duerme”, le decía por las mañanas. Y el lobo se despertaba.

“Duerme”, le decía por las noches. Y el lobo no se dormía.

Pero el lobo siempre esperaba a que ella durmiera para dejar de gruñir.

Cada vez que se echaba a la calle, sabía que lo sabían. Sabía que sólo bastaba con mirarle a la cara para que detectaran su polizón. “Esa chica – se susurraban unos a otros al pasar a su lado – lleva un lobo en las entrañas. Qué descaro”.

Otros la miraban con un poco de lástima. “Ella se lo habrá buscado”, pensaban.

Otros se asustaban; cruzaban a la otra acera disimulando y, a menudo, si llevaban niños pequeños, les tapaban los ojos.

Ella les miraba e intentaba decírselo con los ojos: “En realidad lo tengo domado, no os preocupéis. Y cualquier día de estos, lo echaré.”

Pero las miradas eran esquivas siempre.

En el trabajo, en los bares, en el cuarto de baño, en la cama, donde fuera, el lobo gruñía de forma aleatoria. Abría las fauces desde dentro, bostezaba, y sonreía. Y ella lo notaba sonreir en su cabeza. Eran sonrisas de sorna. “¿Qué te crees, que voy a hacerte caso?” le decía a veces cuando se sentía por encima de todo. Y el lobo sonreía más. Y de pronto gruñía, “¡¡GRRRRRRRWWWWLLL!!” enviando oleadas de voracidad por sus poros. Y ella rechinaba los dientes, cerraba los ojos, intentaba mantenerse incólume, impávida, absorta en otra cosa que no fuera el dolor.

“¡¡GRRRRRRWWWWLLLL!!” volvía a gruñir.

Y ella se limpiaba la boca con el dorso de una mano y salía a la calle, vampirizada, los ojos en blanco.

El lobo mordía su estómago y aullaba. La sangre fluía hasta la garganta. Ella se paraba frente al cristal de un escaparate y veía como iba cayendo un hilillo rojo por la esquina derecha de sus labios.

Y volvía a casa con una patética presa: un gato asustado, un pájaro con un ala rota, un niñito perdido.

Durante días, semanas, el resquemor de la culpabilidad le producía pesadillas dantescas. Se despertaba en medio de la noche, ponía una mano en su vientre y gritaba.

Hasta que una vez más olvidaba todo y empezaba a echarle la culpa al lobo.

“El lobo me obligó. El lobo es el dueño de mi voluntad y el guardián de mis demonios”.
Pero venía pensando desde hacía tiempo que el lobo es tonto.

Tuvo un sueño una noche en el que ambos bailaban en un gran salón, años cincuenta, big band, chaqué y vestidos blancos vaporosos. El lobo con una chistera y zapados de charol, y ella con un ceñido corpiño y tacones plateados. Bailaban y claqueaban al ritmo de Artie Shaw, y una chica negra con una flor detrás de una oreja cantaba susurrante como una paloma:

It must have been Moonglow,
Way up in the blue,
It must have been Moonglow,
That led me straight to you.

Y en medio del baile, en medio de la undécima pirueta, sostuvo la mano del lobo y le miró directamente a los ojos. El lobo no se inmutó; pasó una mano por el borde de la chistera y sonrió. Ella lo entendió, cerró los ojos, se clavó un tacón de plata en la espinilla y despertó gritando una vez más.

“¡Despierta!”

El lobo dormía.

“¡Despierta!”

El lobo dormía.

¡”Despierta!”

El lobo despertó.

Era una hermosa noche de luna llena, y salió al balcón. El lobo se quedó mirándola desde la cama, los ojos ámbar clavados en el entorno de su cuerpo bajo el fino algodón del pijama.

“Ven.”

Y se acercó sinuosamente, casi felino, pezuñeando la alfombra. Exhalando vapor blanco por el elegante hocico.

Ella se limpió el hilillo de sangre de la comisura de los labios y se agarró el agujero del estómago con ambas manos, intentando no desparramar nada. El lobo olisqueó la herida con la mirada hambrienta. Y se miraron durante mucho tiempo, absortos, incompasibles. El lobo era negro y ella muy blanca, muy blanca y muy roja. Se miraron.

“Come”.

“GRRWWWL”.

“Come.”

“GRRRWWWL.”

El lobo volvió a olisquear la herida, y ella apartó las manos. Tras los jirones de la piel pulsaban venas y arterias, músculos desgarrados, vísceras azuladas.

“Come”.

El lobo mordió un trozo de bazo y se pasó la lengua por las fauces.

“¡Come!”

El lobo tiró de un jirón de esófago y masticó tímidamente.

Y ella canturreó:

It must have been Moonglow,
Way up in the blue,
It must have been Moonglow,
That led me straight to you.

El lobo, absorto, miró a la luna y aulló. Ella saltó al interior de la habitación y cerró el balcón.

El lobo la miró a través del cristal y empezó a aullar, golpeando la ventana con el hocico. Golpeando, golpeando, durante horas.

Pero ella ya dormía, ensangrentada, plácidamente.

Al día siguiente los vecinos no se explicaban el reguero de sangre en la calle, y tampoco el eco de un aullido todas las noches durante semanas.

Y ella, en el trabajo, en la oscuridad de su habitación, en los parques cuando llegó la primavera, en los cafés encendidos cuando llegó el invierno, a veces se quedaba absorta, cerraba los ojos, recordaba el vaivén del swing en el salón de baile y el claqueteo de sus tacones, y silbaba contenta.