viernes, junio 23, 2006

Estamos de fábula tú y yo.



Nota: pido de antemano disculpas por esta pastelada. No se volverá a repetir.

(para quien ya sabe)




Érase una vez un gorrioncillo con las alas rotas, encerrado en una jaula plateada.

No había sido siempre así: de pequeño volaba y surcaba cielos con ínfulas de águila. Vivía en el aire la mitad de sus días; le encantaba dejarse llevar por las corrientes y flotar como una cometa sobre los primeros rayos de la aurora. ¡Y cómo trinaba! Era todo un espectáculo cada vez que hinchaba su pequeño pecho al sol rosado del amanecer y componía estrofas de múltiples registros, como un experto trompetista de jazz.

Una mañana de otoño, sin saber muy bien por qué, se despertó con un ala rota. Estaba como doblegada sobre sí misma, mate, con las plumas peladas y desperdigadas, deslustrosa y torcida.

Salió a tientas del nido procurando no despertar a sus padres e intentó volar hasta la rama más baja del árbol. Pero sólo fue capaz de batir el ala buena y cayó en picado sobre la hojarasca seca del otoño.

Afortunadamente, su madre lo vio caer y bajó a por él, angustiada:

- ¿Qué te ha pasado?
- No sé, se me ha torcido el ala izquierda.
- Bueno, no te preocupes, ya lo enderezaremos. Pero quédate aquí, no te vuelvas a hacer daño.

Y ahí se quedó.

Llamaron a varios eminentes doctores – tucanes, flamencos, imponentes aves del Paraíso, pero no había forma: estaba enganchada a sí misma. Al pobre gorrioncillo sólo consiguieron arrancarle unas cuantas plumas y deformarle aún más.

Así que fue creciendo encerrado entre las sombras del nido. Todavía , algunas mañanas, trinaba al amanecer, sobre todo cuando el tono rosado del cielo se tornaba anaranjado y se le hinchaba el pecho sin querer, y se le llenaban de tonos dorados las alas y no podía evitarlo.

Incluso aprendió a desplazarse entre las ramas a saltitos, usando el ala buena para deslizarse hacia abajo y pasear por el suelo buscando castañas o gusanillos o cualquier cosa con que distraerse. Y no le iba tan mal. Por las tardes, cuando caía el sol, su madre volvía a recogerlo.

Una mañana de invierno, despertó y tenía el otro ala exactamente igual: Contraído, inservible, arrugado y mustio.

Pero ya no era un gorrioncillo cualquiera: era un gorrión.

Empezó a hacer frío. No podía salir a por comida, y sus padres ya no estaban para trotes. Empezó a asustarse. El nido empezó a tambalearse.

Le construyeron unas rejillas de plata, un techo, un suelo, un bebedero y un pequeño receptor para el pienso seco con un espejito para que se entretuviera. Y le dejaron ahí, bajo la tutela de los cuidadores, guarecido del frío y protegido de la gravedad.

Cerró la puerta. Se olvidó de aquellas auroras y del rosado y naranja del cielo. Y dejó de trinar.

Pasaron dos años.

Y casi casi estaba acostumbrado cuando, de pronto, un día de primavera, una palomilla se acercó a las rejas.

- Eh, tú
- Hola.
- ¿Qué haces ahí metido?
- ¿No ves mis alas?
- Sí.
- Déjame ver.
- Mira.
- Vaya, no pinta nada bien.
- No, pero puedo imitar a un pollo asado... mira.

A la palomilla le hizo gracia su ocurrencia. Le salieron chispillas de los ojos.

- ¿Y no te aburres?
- Mucho. Claro. ¿Y tú, qué haces por aquí?
- Andaba perdida.
- Quédate un rato.
- Claro.

A partir de ese día, la palomilla le visitaba durante unas horas todas las tardes. Se hicieron muy amigos. Se contaron secretos. Se rieron tanto que hasta escandalizaban a las ardillas.

Ella empezó a describirle los amaneceres rosados y naranjas, y sin darse cuenta, un buen día, el gorrión empezó a cantar de nuevo. La palomilla, sorprendida, le dijo:

- ¿Sabes? Es la primera vez que escucho cantar a un gorrión.
- ¿No oyes los trinos?
- Sólo los tuyos.
- Será la acústica de la jaula.
- Será.

Una tarde, la palomilla se vio reflejada en el espejito.

- ¿Esa quién es?
- Eres tú, ¿no lo ves?
- ¿Realmente soy así de guapa?
- Sí, y no sólo eso, eres mi única amiga.

Los ojos de la palomilla volvieron a chisporrotear.

- ¿Puedo entrar a mirar?

El gorrión titubeó un poco, pero muy poco: hacía mucho que tenía ganas de tocar sus plumas suaves y blancas y de restregar la cabecilla contra la suya.

Abrió la puerta.

La palomilla entró y se volvió a mirar en el espejo, esta vez con mucho más interés.

Y el gorrión se colocó justo detrás.

- ¿Qué ves?
- No sé, pero te he visto ahí detrás muchas otras veces.
- ¿Justo así?
- Justo así.
- ¿Y qué piensas?
- Pienso que ya no estoy perdida.

Durmieron acurrucados.

Por la mañana, el gorrión despertó y vio que, en el lugar de su ala izquierda otrora maltrecha, había un trocito de un suave ala blanca de paloma.

Ella le miraba sonriente, disimulando el muñón donde antes había estado la otra mitad de su ala izquierda.

- Pero, ¿qué has hecho?
- ¿Importa mucho?
- No puedo quedármelo...
- Ya es tarde. Pruébalo.

Salieron los dos, él tambaleándose y ella intentando acostumbrarse a su ala y media para poder compensar la falta de balance.

Volaron un poquito. La palomilla lo sujetaba por el ala mala y él conseguía mover el otro con un poco de esfuerzo.

Llegaron hasta lo alto de una colina, y de nuevo el rosado y naranja del sol tiñó sus alas de dorado. Y se le hinchó el pecho. Y consiguió lanzar unos débiles trinos al aire.

Volvieron a la jaula, algo eufóricos.

Pero el gorrión, agotado, entró y cerró la puerta.

La palomilla lo miró desde fuera sorprendida:

- ¿No me dejas entrar?
- No puedo. No sirvo.
- ¿Y yo, qué hago con mi media ala?
- Quítamela.
- No puedo. No puedo recosérmela. Ya no me pertenece.
- Pues te la iré devolviendo como pueda. Pero a mí no me sirve. No tengo fuerzas.
- ¿Y dónde voy yo ahora? ¿Y cómo voy a cuidarte? ¿Y cómo voy a enseñarte la aurora? ¿Y lo que es peor, quién me va a cuidar a mí?
- No puedo. No puedo.


La palomilla se quedó esperando, fuera, un buen rato. Asustada, entristecida, apocada.

Pegó un brinco torpón y salió, tambaleándose con su ala y media, golpeándose contra las ramas de los árboles y buscando un lugar donde dormir, dormir, dormir, hasta que el tiempo sólo fuera un recuerdo.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Ay ay ay ay la gripe aviar.

Isabel Romana dijo...

Una historia bien triste. Así que uno se esfuerza por ayudar a otro, se priva para ello de algo que le es muy importante para su propia vida y lo único que consigue es un breve minuto de dicha y luego el rechazo y la soledad. Espero que no sea una metáfora de algo realmente vivido. Besos.

anilibis dijo...

Usuario anónimo:

Tiene usted razón. Me pregunto si ambos pajaritos vinieron de Corea.

Isabel Romana:

Dejémoslo como una metáfora de los impasses, del miedo, de la incertidumbre. Pero es sólo media historia. Las fábulas lo son: ofrecen una pregunta y la respuesta siempre queda en la cabeza de los lectores.

Gracias por tus palabras. Y siento, una vez más, la pastelada.

Besos.

Alicia Liddell dijo...

¿Para qué sacar la moraleja de la historia?
Me atrevo a suponer que muchos se han sentido alguna vez palomilla y otros gorrioncillo.

Miguel Sanfeliu dijo...

El gorrión se volvió alcohólico y, un día, salió de la jaula tambaleándose y se lo comió un gato. Sin embargo, la paloma aprendió de nuevo a volar y llegó mucho más alto de lo que nunca había llegado. Fin.

Bonito. Y, como todos tus textos, bien escrito.

Lo que pasa es que no me gustan mucho las fábulas, ni tampoco los libros de autoayuda. Pero a mucha gente sí. Coelho debe ser multimillonario. Y, yo mismo, pese a lo que acabo de decir, confieso tener el libro "Hablar bien en público" de Dale Carnegie (un clásico).

No es una pastelada, es otro género.

Un saludote.

anilibis dijo...

Kafkaprocesado:

Te has pasado, te has pasado... compararme con Coelho... touché.
Estaré ojo avizor a tu blog a ver si encuentro algo digno de comparar con Fernando Sánchez Dragó.

De todos modos (casi) tienes razón.

Saludos :)

Alicia Liddell dijo...

Uhhhhh, no desenvainen todavía los floretes.

Kafka, lo de Coelho es imperdonable. Yo sujeto al malandrín y que lo acuchille mi tocaya :)

anilibis dijo...

Alicia Liddell, tocaya:

Gracias por tu apoyo.. pero prefiero que sea un duelo justo. Eso sí, al Kafka que le pongan un parche en el ojo bueno, que yo ando mareada últimamente y se me va la vista.

Miguel Sanfeliu dijo...

¡Alto ahí guerreras!
Os advierto que más de uno quisiera ser Coelho. Y no lo nombré con intención de ofender ,aunque tal vez sí con un poco de ganas de provocar, pero no tanto, caramba.
Y ya lo de Sánchez Dragó me parece un golpe bajo imposible de justificar, porque ése no creo que sea millonario ni nada, sólo es un tostón y un egocéntrico.

:)

Anónimo dijo...

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