jueves, julio 27, 2006

De santos, sangre y almidón. (III)

Capítulo III: otoño


Llegó el otoño a la vida de Manoli.

Sus ojos nunca dejaron de ser inmensamente verdes a pesar de las patas de gallo; la piel se le arrugaba con mucho cuidado, como intentando no molestar. Es más, se diría que la lectura de sus arrugas desvelaba su vida con toda claridad: era de esas personas que envejecen con franqueza y sin secretos, con transparencia, con el orgullo de quien sabe que las líneas de los labios apuntan hacia arriba porque ha invertido más tiempo en la alegría que en la tristeza.

Sus dos posesiones vivas eran Julián y Chiqui, una preciosa setter irlandesa pelirroja que había sido proyecto frustrado de perro de caza. El primero se pasaba las horas de su propio otoño en los cafés pensando acerca de la infinitud del universo; la segunda brincaba alrededor de Manoli veinticuatro horas al día, exigiendo juegos con pelotas y meriendas de huesos relamidos. Tenía Chiqui la particularidad de mirarte, mover la cola con la velocidad de un ventilador e inclinar la cabeza para que le hicieras carantoñas al ritmo de sus ladridos sordos y cariñosos. Nunca aprendió a cazar, y por ello debió llevarse varios palos de Julián. Pero compensó su falta convirtiéndose en perro faldero – caniche sobrecrecido para uso expreso de Manoli y compañía. En realidad era su ser más vivo.

Es muy posible que Manoli empezara a estar más viva que nunca cuando comenzó su otoño.

Pero, sin embargo, ya carraspeaba incesantemente. Era una tos crónica, continua, que no le dejaba a sol ni a sombra, ni de noche, ni de día. “Me pica la garganta”, decía, y bebía un poquito de agua. A veces, si le daba mientras iba andando, se tenía que apoyar contra alguna pared mientras tosía con ligeras convulsiones, ocultando discretamente su boca tras la mano.

Y aún así, no acusaba más enfermedad que un ocasional resfriado. Pero no perdía el tiempo en la cama. Al contrario, siempre acababa por ahí paseando a Chiqui mientras que Julián languidecía en la esquina más cálida del cuarto de estar con una mantita sobre las rodillas amenazando con morirse.

Un día de primavera, así, de pronto, Julián se murió.

Nadie se lo explicaba: llevaba tantos años enfermo o quejándose de enfermedades que era como parte de él, como una faceta más de su persona. Si alguien te preguntaba, "¿Cómo es Julián?", dirías que era un hombre alto, delgado, canoso, de rasgos suaves, y enfermo. Pero “enfermo” como quien dice rubio, orejudo, pecoso o sordo. Su misteriosa enfermedad había dejado de ser preocupante hasta el punto de que ya se había fagocitado en el concepto “el tío Julián”. Hasta que, un buen día, lo mató.

Llegué corriendo de Madrid y me encontré a Manoli presidiendo el velatorio, en una gélida sala del tanatorio de la ciudad. Desmaquillada y de riguroso negro, como mandan los cánones, solícita con todos los familiares, delgada, nerviosa, y sobre todo, muy, muy sorprendida al igual que todos nosotros. “¡Mira que morirse Julián!”, exclamaba. Y se quedaba mirando el cristal a través del cual estaba expuesto el cadáver – amarillento, pétreo y elegantemente trajeado en su ataúd de caoba oscura forrado de rojo.

Yo me ponía al lado de Manoli, le apretaba el brazo afectuosamente e intentaba evitar por todos los medios mencionar la palabra “vampiro”. Ella, muy digna, me apretaba con la otra mano, tosía, y me decía “ahora sí que descansa, ahora sí”. Pero todos estábamos un poco espantados por esa imagen tras el escaparate mortuario.

Enterraron a Julián en el cementerio viejo de la ciudad una tarde de viento, en un panteón familiar lleno de flores mustias. Cuando el ataúd descendía en la fosa nos arremolinamos todos alrededor de Manoli, que apretaba mucho los labios y lloraba discretamente, tosiendo sobre un pañuelo blanco con puntillas que había almidonado especialmente para la ocasión. “Ahora sólo estamos Chiqui y yo, a ver si me vienes a ver más a menudo”, me decía. Le prometí que sí.

Tenía que haber cumplido esa promesa.

Al año Manoli se quitó el luto y, haciendo acopio de rosarios nuevos, se marchó a Lourdes en excursión para avistar a la Virgen con la tropa de groupies de Pitita Ridruejo. Hasta se llevó a mi madre.

También empezó a frecuentar el circuito de retiros espirituales en los distintos conventos de la ancha Castilla. Era un no parar.

Cuando no estaba de gira, estaba en el pueblo aseando la casa de la abuela como es debido y separando huesos de pollo para Chiqui, que cada vez corría menos pero no por eso demandaba menos cariño.

Veía a mi tía con poca frecuencia porque estaba yo en pleno auto experimento científico con esa cosa que llaman matrimonio. De hecho, cuando iba a casa a ver a mis padres mi madre me instaba a que llamara inmediatamente a Manoli: “que ya sabe que venías hoy, ya estás llamándola, que luego sabes que se entristece si no le dices nada”. Yo la llamaba, acostumbrada ya a estas imposiciones maternales, y se hacía la encontradiza: “Ah, que has venido, qué bien, hijita. ¡No lo sabía! Pues a ver si vienes a vernos”.

Manoli no dejaba nunca la mesa vacía.

Yo llegaba a su casa, junto con el cómplice de mi experimento, y Manoli sacaba todo lo sacable de las alacenas de la cocina, suficiente para dar de comer a varias generaciones. Y nos miraba sonriendo y tosiendo: “comed, comed, comed, que luego si no se lo tengo que dar a Chiqui y me está engordando mucho”. Chiqui miraba y se relamía como antaño los perros de la casita molinera de mi niñez. Y me daba cuenta de que Manoli no podía vivir sin alimentar a alguien.

Todo lo que supusiera hacer acopio de comida para el resto de la manada familiar era de máxima incumbencia. A su hermana, que tenía un corral en el pueblo, la instaba con impaciencia a que trajese docenas y docenas de huevos para repartir; a su hermano, que pasaba muchas tardes junto al río, a que pescara o cogiera cangrejos; “vas al arroyo y coges bastantes”, le decía, con premura y decisión. Y mi tío no rechistaba: a la semana, tenía varios cartones de huevos y una bolsa – maraña de cangrejos vivos aguardando la hospitalidad de su olla.

Pero Manoli no podía parar el tiempo, ni siquiera con comida.

El día que murió mi padre había intentado alimentarle un poco con natillas, pero se apagó antes de terminarse el cuenco. Yo llegué corriendo, desesperada, haciendo esfuerzos por verle con unos reflejos de luz aún en la mirada, pero llegué demasiado tarde: yacía en la cama inerte. Mi madre lloraba en una esquina y Manoli, con las natillas en una mano, le apretaba suavemente los párpados con la otra para que no se le abriesen los ojos en el rigor mortis. “Aprieta un poco, hijita, que voy a lavar este cuenco”. Me senté, coloqué los dedos sobre los párpados de mi padre, y esperé mientras volvía de la cocina. No me dio tiempo casi a reaccionar. En seguida regresó Manoli a mi lado, mientras mi madre llamaba a los enfermeros. Yo tardé en arrancar. Me puse a llorar de pronto, sin avisar, sin carrerilla, como quien estornuda por sorpresa. Manoli me miró, asentó con la cabeza con aprobación, y retomó su sitio frente al cadáver muy serena mientras yo me escondía entre las sombras de la casa.

Lo enterramos un calurosísimo día de agosto en el cementerio nuevo de la ciudad, bajo una lápida de mármol reluciente, brillante, flamante. Cuando el ataúd descendía en la fosa, Manoli se percató de que yo tenía a quién agarrarme y ella, muy solícita, agarró a mi madre con los dos brazos como si fuera a bailar con ella: “Llora, llora, no tengas vergüenza.” Quedó el ataúd al fondo del todo, dejando dos huecos libres más arriba. Tener un panteón en un lugar donde los cipreses están recién plantados y exactamente a la misma distancia unos de otros es poco serio, pero todos aceptábamos sin rechistar: la modernidad iba dándole una pátina nueva a la impertérrita tradición familiar de morirnos.

Y Manoli, que sabía que la presencia de mi marido ahí ya sólo era de fachada, y que yo pronto entraría a engrosar la nutrida lista de viudas, divorciadas y solteronas de la familia, apuntaba al reluciente panteón nuevo y me decía: “tú tranquila, que ya tienes un huequecito”. Luego miraba a mi futuro ex con tristeza, movía la cabeza de lado a lado y lloraba, pero ya sin mirar al ataúd. “Lloro”- me decía “más por las cosas que aún no han muerto que por las que están enterradas, que al fin y al cabo muertas están. Prométeme que lo arreglaréis, hijita, que una mujer sola luego tiene que ir sola a los entierros”.

Cada vez eran más las promesas que no podría nunca cumplir con ella.

Aún así, su voz cada vez más ronca, Manoli me llamó cada día durante meses. Primero para consolarme por la ausencia de mi padre, luego por mi soltería. Siempre me preguntaba:“¿Qué tal estás, necesitas algo?” Yo, irascible como nunca en esa época, siempre respondía “no”, y le colgaba. Pero al día siguiente volvía a llamar.

Si hubiera sabido darle las gracias entonces, lo habría hecho de todas las formas posibles.

5 comentarios:

Miguel Sanfeliu dijo...

Hola, he pasado por aquí para llevarme tu texto, es un decir, y he visto el comentario en inglés. A mí me dijeron que son spam y algunos pueden traer virus. Se evitan activando la verificación de palabras. Yo lo hice porque me lo explicó Rosa Silverio.
Un saludo.
Nos leemos.

anilibis dijo...

Kafkaprocesado: Sí, ya lo he quitado. Coñazo de spammers.

Felices vacaciones y hasta pronto!!!

Isabel Romana dijo...

La lástima, anilibis, es la cantidad de cosas que no decimos y/o no hacemos para corresponder a las tías Manoli. Es admirable cuánta paciencia tienen con nosotras y cómo somos tan tontas de no apreciarlo hasta que es tarde. Un beso muy fuerte.

Tritácora dijo...

Descubro con inusitada sorpresa la escasez de comentarios de sus asiduos, milady.

Que no la aflija ni la aboque a peregrinos examenes de conciencia. Lo ha hecho bien. Muy bien. Ha metido usted la mano en el corazon mismo de la equilibrada Belleza sin tambalearla. Lo que sucede es que por mor de salvaguardarnos en esas complejas artes del sobrevivir, aprendimos a curtirnos de tal modo que ya hasta tememos mezclarnos con ese bebedizo emponzoñado de vulnerabilidad que es la emocion.

Y es que ya va doliendonos aprender a soportar la subyugante Belleza. Yo, lo reconozco: Soy un cerdo egoista que se nego a abrir las esclusas de su emocion para no privarme de poder continuar leyendola.

Gracias, querida, por entrar de puntillas y sigilosa hasta el recibidor de mi humanidad y revolver toda su artificial decoracion.

Y ahora, se ha fijado, la tia Manoli parece como si se expandiera y estuviese mas viva que nunca. Reencarnada en la unica de las eternidades a nuestro alcance: el recuerdo que usted le hace.

Abrazos, grandes y sentidos.

anilibis dijo...

Isabel Romana:

Lamentablemente estas cosas llegan tarde, como tú dices. Pero lo mismo nos decimos una y otra vez, que nunca fue suficiente.

Espero acabar esto pronto... ¡estoy de mudanza!

Besos


Tritácora:

Sus palabras son siempre balsámicas. Gracias, aunque no le guste que se las den.

Desde un lugar donde casi me faltan fuerzas y los brazos están a punto de declararse en huelga, yo le saludo efusivamente.