jueves, agosto 03, 2006

De santos, sangre y almidón. (V)

Capítulo V: Y con el final llegó el caos.


A Manoli la mandaron a casa a morirse.

Durante aquellos días que languideció en la cama luchó por mantenerse despierta, los ojos siempre fijos en la puerta, como si quisiera salir corriendo por aquel umbral con su camisón blanco al vuelo. Atrás quedaron los rosarios, los misales, la resignación: Manoli miraba a mi madre cada mañana con desafío en los ojos, le agarraba el brazo, y abría mucho la boca para que la entendiera bien: “NO QUIERO MORIRME”.

El diecinueve de julio de 2006, el tumor se hinchó, pegó un brinco y le mordió la arteria. La hemorragia le brotó rabiosa y abundante por la boca, la traqueotomía, la nariz. Las sábanas se tiñeron por completo de rojo y Manoli, sentada en la cama, cubierta de sangre, balbuceaba silenciosa como una poseída mientras Chiqui, gimiendo nerviosa, le lamía los goterones que le iban cayendo por las manos.

Así la encontraron.

Y Manoli volvió a su pueblo.

Corrí en tren y autobús: ahí estaba ella. La lavaron y tendieron limpia y reluciente, como a la abuela, en un lugar preferente del salón, rodeada de lamparillas en aguaceite y de todas las mujeres del pueblo. De nuevo la vigilia nocturna a la luz de las candelas, de nuevo las plegarias y las novenas hasta el amanecer. Me retiré a escucharlas desde la segunda planta, como antaño hiciera con la abuela, para mecerme en el susurro de los cánticos hasta dormir.

Y, de pronto, nos visitaron los fantasmas.

Por la mañana, dos primos míos y un par de pastores fueron al cementerio con picos y palas. Desde que enterraran ahí a la abuela Florentina, quince años antes, nadie había tocado el panteón familiar. Pero un error de cálculo – o tal vez el incrementado índice de crecimiento de la población – habían provocado que el ataúd de Manoli fuera más grande que su fosa. Así que se pusieron a cavar.

Dos horas más tarde llamó el primo Ignacio: “que vamos a tener que tardar un poco más, hemos roto la tapa de la caja de la abuela y hay que volver a taparla.” La reacción entre mis primos fue unánime: “¡Vamos a ver a la abuela!” Yo, con el café del desayuno atragantado, les acompañé.

Eran las diez de la mañana. El minúsculo cementerio se llenó de gente, como si de una fiesta se tratara. Porque ahí, mirándonos fijamente desde su espacio y lugar del tiempo, estaban los huesos de mi abuela, con su mortaja raída y carcomida y el pelo de plata cayendo en oleadas secas sobre sus hombros.

“Mira, aún tiene un poco de pellejo en las mejillas”; comentaba Julio. “Y qué bien se conservan los zapatos”, decía Candelas. Apoyada en la lápida, yo miraba alucinada a la aparición y no acertaba a relacionar aquel esqueleto descompuesto con la apacible ancianita de ojos azules que me enseñaba a jugar a la brisca por las tardes cuando era muy niña. Pero ahí estaba, esplendorosa y muerta, mascullando en silencio “tapadme de una vez, malditos, y traedme a mi hija”.

Colocaron la tapa recompuesta y corrimos de vuelta a la casa para quitarnos de encima el polvo de los muertos y comer.

El Padre Elpidio, primo lejano de Manoli y cura de cabecera de la familia, dirigió la misa funeraria a primera hora de la tarde, en la pequeña iglesia. Al comienzo, mientras íbamos entrando, el hombre se atusaba la casulla con tristeza mirando a la caja de ébano extra larga y suspiraba.

Aunque fuese miércoles, el pueblo en pleno se había congregado endomingado y repeinado. En los primeros asientos, la familia nos consolábamos y pasábamos pañuelos de mano a mano. Elpidio lanzó al aire su sermón y Manoli, rodeada de coronas de flores, lo escuchaba en silencio. No hubo necesidad de plañideras en su funeral: todos lloraban de una forma o de otra, alzándose y arrodillándose calladamente frente al altar en perfecta coreografía. Y yo me imaginaba a mi tía muy quietecita dentro de su ataúd forrado de blanco, susurrando: “que Dios me perdone, pero al final me he muerto y valiente la gracia que me hace.”

Al final de la misa, Manoli salió en volandas por la puerta de la iglesia a hombros de mis primos, precedida por el monaguillo que cargaba con la cruz de plata de las procesiones, seguida de Elpidio, de sus hermanos, de sus demás sobrinos y del resto del pueblo. La procesión fue lenta, porque el sol de media tarde aún castigaba justiciero. En cada esquina, nos parábamos a cantar y encomendar al alma de mi tía a todos los santos, ángeles y guardianes de los cielos. Y así, rodeados de una nube de polvo estival, recorrimos de nuevo el pequeño camino flanqueado de campos de trigo que llevaba al cementerio.

Con la abuela apropiadamente encerrada y la fosa debidamente agrandada, Manoli no tuvo dificultades para deslizarse hasta su lugar de reposo. El pueblo la despidió en una ola de silencio apenas perturbado por los sollozos y el clink-clink de la botellita de agua bendita que Elpidio iba esparciendo sobre el ataúd en su descenso.

No fue un entierro normal, no. Como en toda tragedia siempre hay un antihéroe, Elpidio sufrió un ataque de ansiedad al final del acto y acabó saltando dentro de la fosa cual Laertes intentando revivir a su maltrecha hermana Ofelia: “¡Este mundo está lleno de injusticias!”, gritaba mientras mis primos intentaban agarrarle de los brazos. “¡Dejadme aquí, dejadme aquí, y que Dios me perdone!”

Yo tuve que sonreír y comentarle a Manoli que había conseguido infectar con el virus de su apostasía hasta al mismísimo Padre Elpidio, el más ferviente regidor de todos los sacramentos de la familia durante los últimos veinte años. Le dije a mis primas que deberíamos dejarlo dentro y me miraron con cara de susto, como diciendo “Pero, ¿cómo se te ocurre pensar tal cosa? ¡Pobre hombre, si es que la quería mucho!”. Fue demasiado difícil explicarles que precisamente era por su bien, porque un entierro en vida es la mayor de las hazañas.

Pero rescataron al tardío amante de Manoli, que se llevaron a cuestas, y sellaron la fosa con su lápida de piedra y sus maceteros de hierro.

Yo volví a Madrid con todas estas palabras revoloteando como mariposas desorientadas contra las paredes del cráneo. Y si quise arrebatarle el anonimato a Manoli fue por un acto propio de rebeldía. Si quieres vivir cien mil años ponte en boca y ojos de los anónimos. Se lo hubiera dicho en sus últimas horas si hubiese sabido que este retrato vería la luz. Pero estas cosas no se saben nunca hasta el último momento.

Manoli está aquí, eternamente joven, en su hueco perdido del espacio-tiempo. Me toca el hombro y me regaña, porque dice que hay ciertas cosas que los muertos deberían llevarse en silencio. Pero en el fondo sé que le da igual. Creo que, con el accidente que ha sido su muerte, ha aprendido una de las lecciones más importantes de su vida.
A Chiqui la sacrificaron dos semanas más tarde porque nadie se pudo hacer cargo de ella. La perrita siempre había tenido pavor al veterinario. Sin embargo, esta vez entró en la sala contenta y meneando la cola a pesar de ser tan vieja y tan coja, como si tuviera ganas de emprender el viaje. Quién sabe. A veces pienso que fue Chiqui la única que realmente conoció de verdad a Manoli.

A veces pienso que lo único que perdurará en el recuerdo será el olor a santos, sangre y almidón.

9 comentarios:

Alicia Liddell dijo...

Le diría, querida Alicia, que me hiciera una necrológica cuando me llegue el momento. Es una osadía y no se la pediré. Porque para escribir esos cinco maravillosos capítulos hay que conocer muy bien a quien se dedican y tenerle un afecto indescriptible. Esos afectos pequeños, casi inapreciables, que van creciendo a lo largo de los años, de las conversaciones, incluso de las cosas que no se dicen. Cosas que se asocian a olores, a tormentas, a cuchicheos, a risas. Esos afectos que luego no sabemos como se han apoderado de nosotros. Esos afectos que son los verdaderamente importantes.

Si yo fuera Manoli estaría la mar de vanidosa en mi ataúd forrado de raso blanco por haber inspirado ese sentimiento, ese afecto.

A ver quien es el guapo que superar eso.

Leo Zelada Grajeda dijo...

Interesante tu relato.

Un abrazo de un escritor en Madrid.

anilibis dijo...

Querida Alicia (bis)

Curiosamente no es usted la única persona que me encarga una necrológica. El amigo Tritácora ya hizo el primer encargo. Espero realmente que no haga falta llevarlos a cabo. Prefiero que me hagan una a mí directamente ochocientos monos según la ley de la improbabilidad (como los que escribieron obras de Shakespeare en "La Guía del Autoestopista Intergaláctico").

Gracias y besos agradecidos.


Leo zelada:

Muchas gracias por tu visita y comentario. Visitaré tu blog, no lo dudes. Promete mucho.

Miguel Sanfeliu dijo...

Anilibis, mis disculpas por el retraso.
En primer lugar, mi enhorabuena por tus textos. Los dos últimos capítulos son demoledores. El tema sobre el que tratas es crudo, doloroso e impactante. Mantienes en todo momento un tono nostálgico muy eficaz y utilizas pequeñas dosis de humor como elemento distanciador, fundamental para no caer en lo melodramático y, por eso mismo, aún más efectivo.
He estado contigo en esos entierros y me he quedado luego mirando el vacío.
Eres buena observadora y estás muy pendiente de los detalles, que son los que realmente arman un texto. Avanzas de un modo casi imperceptible, utilizando elipsis y diálogos con maestría. Me he sumergido en la historia. Debió ser doloroso escribirla.
Has escrito un homenaje desde el corazón y has revivido a tu tía y sí, estoy seguro de que a ella le habría gustado el modo en que la has presentado.
Se me ha clavado la escena de la hemorragia. Y esa frase: “La soledad de la muerte es lo más doloroso que existe, y ni Dios puede aliviarla”.
Ver morir a alguien de cáncer es una experiencia muy dura. No es fácil hablar de ello como tú lo has hecho.
Muy buen texto.
Saludos.

anilibis dijo...

Kafkaprocesado (oh, foto de esas de seveperocasinoseve, como la mía)

Muchas gracias... jo. La verdad es que dices cosas que ni siquiera yo habia percibido... en serio. Cuando escribo soy bastante "troglodita" y a menudo ni siquiera pienso en por qué ciertas cosas quedan de cierta manera. Gracias por darme una pista. :-)

Leo Zelada Grajeda dijo...

Ani,

Gracias por la visita a mi blog.Sabes es raro ver a Madrid desierta en agosto casi.Bueno,yo aprovecho para seguir escribiendo por que tengo que editar un par de libros y terminar otro sobre poesìa quechua-Inka para una editorial madrileña.

Saludos de este escritor latino en Madrid.

Isabel Romana dijo...

Querida anilibis, has terminado esta historia de forma magistral. Por paradójico que resulte, Manoli está ahora más viva que cuando vivía, de lo que se deduce que la palabra tiene magia cuando se sabe utilizar. Un abrazo admirado.

Yo soy el que soy dijo...

Te acompaño en el sentimiento, y no sabes cuánto, ya que acabo de vivir una situación bastante parecida. Espero que tu dolor pase pronto.

Gracias por regalarnos algo tan maravilloso que perfectamente podías haberte quedado para tí.

anilibis dijo...

Isabel Romana:

Muchas gracias por tus palabras. Efectivamente, es impresionante el poder de "resucitación" que tienen las palabras cuando salen de muy dentro.

Yo soy el que soy:

Siento mucho que hayas pasado por algo así. No te preocupes, yo lo llevo bastante bien (en parte gracias a haberlo escrito). No tengo buenos consejos que darte, nada que ya no sepas... sólo que hay que ajustarse al hecho de que somos animalitos y como tales estamos expuestos a la dictadura de la muerte.

Un beso.