lunes, diciembre 26, 2005

El regalo

Vamos a ponernos en el supuesto de que no es navidad, ni que tampoco hay tres sillas vacías en esa mesa tan absurdamente llena de viandas que nadie más que tú y yo vamos a comer porque tu hermana sólo puede ingerir papilla por el tubo que le llega hasta el estómago. Vamos a ponernos en el supuesto de que no tienes la espalda reventada de cuidar enfermos y el alma destrozada por ver cómo se extinguían en tus brazos. Vamos a ponernos en el supuesto de que no estás sola y subyugada por la ciática y la nostalgia del amor de tu vida, y de tu propia vida que cada año se apaga un poquito más. Vamos a ponernos en el supuesto de que yo nunca me marché, que siempre he sido la hija pródiga, que nunca te di un solo motivo para llorar. Vamos a imaginarnos que tienes veintiseis años y has sacado a la calle tu belleza lozana y retadora, y tus ojos inmensamente azules iluminan el Paseo de Recoletos. Y todo son promesas. Y la vida es un gato de Cheshire detrás de cada sombra, sonriendo zalamero a cada paso de tus tacones bien abrillantados. Vamos a imaginarte así, flotando en la nube de tu juventud, segura, esplendorosa. Vestida con tus mejores galas, desafiante, casta, fuerte, inasequible al desaliento. Inocente. Ignorante del futuro imperfecto. Vamos a ponernos en ese supuesto, y vamos a congelar el tiempo. Y ahora déjame empaquetarlo con lazos de estraza y regalártelo para que vivas en él, hasta el fin de tus días.