domingo, noviembre 20, 2005

10 años después


El otro día me encontré por la calle a una antigua amiga, de esas que se quedan difuminadas en el tiempo por la falta de tiempo, valga la redundancia, o la falta de esas cosas que hacen falta para mantener una amistad viva. O tal vez por falta.

Pesaba unos 40 kilos y no medía menos de 173 centímetros.

Yo no soy de las que apuntalan a lo obvio. Si alguien tiene un enorme grano en la nariz, o incipiente calvicie, o barriga de botijo castellano, o el aspecto de haber vagado por el Serengeti durante 3 meses chutándose jaco, una asume que ya lo saben. Aunque luego te dirijan esa mirada tipo “sé que lo sabes y no lo dices” y tú se la devuelvas con una mirada tipo “sé que sabes lo que pienso y no voy a confirmártelo para que me vendas tu excusa”.

Así que no dije nada.

Ella navegaba en un mar de ojeras, arrugas de ropa mal ajustada, cabellos finos que se posaban en el jersey soltándose de su media melena y parecían que habían sido arrancados a puñados, y la laxitud del que sabe que tiene un pie en el borde del abismo.

No dije nada. Sólo alcancé a preguntar algo insustancial:

- ¿Entonces, todo bien?
- Sí, qué bien verte. Vengo de comprarme una chaqueta. Llevo toda la tarde.Es difícil encontrar una 34 hoy en día.
- Supongo.
- Bueno, supongo que tú no tienes problemas de esos.
- No, ja, ja, te aseguro que no. Mírame.
- Vaya, lo siento. No quería decir nada grosero.
- ¿Qué grosería, mujer?

Se quedó callada. Su mirada de orgullo decayó un poco. En el fondo, estaba tan perdida como yo.

- Bueno, tampoco te sientas mal. En el fondo estoy fatal, mírame. Me tengo que quitar estas cachas, se me ha puesto un culo que...
- Estás bien, en serio.
- ¿Tú crees?
- Sí.

¿Qué decir frente a la evidencia? Hace 10 años ella era una chica lozana y pneumática de mejillas sonrosadas. Yo también, hace 10 años, tenía menos lorzas. Digamos que entonces estábamos a la par. Ahora nos habíamos convertido en polos opuestos y, por algún motivo, imaginé que su espejo mentía muchísimo más que el mío. Y que sus pasos eran mil veces más frágiles.

- Oye, si algún día necesitas algo... – le dije.
- Gracias, igualmente.
- Lo digo en serio.
- Yo te veo muy bien, oye.
- Bueno, podría mejorar. Pero yo te veo estupenda.
- Estoy fatal. Pero si quieres un día de estos te vienes conmigo al gimnasio. Ya verás cómo se te quitan los complejos.
- Claro.
- Bueno, dos besos. Nos vemos.
- Nos vemos.


Me marché con un sentimiento de culpabilidad abrumador, abotonándome con un poco de esfuerzo el abrigo de la talla 44. Hacía mucho, mucho frío.

Hace muchos años, estuve en ese mismo lugar donde el frío cubre los huesos de pena. Pero no fui capaz de decírselo.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

psicofan se siente orgullos de su incipiente barriguita treintañera que lo estigmatiza como adulto. con una barriguita asi y ni siquiera tengo que demostrar madurez.

opticas, solo hay que escojer la mas adecuada.

anilibis dijo...

Si tu tienes barriga, yo soy la Santísima Trinidad :)

Srta. Ming dijo...

Qué triste.

safrika dijo...

pues sí

Anónimo dijo...

Que triste

Si tu tienes barriga

Se sienten orgullos de su .....

Pues,sí. Besitos