lunes, octubre 16, 2006

Al oeste de todo - V



5. Una mota de polvo en el aire

Me di la vuelta y eché a andar. Yo no era sino un alien más de la City, compartiendo los primeros días del otoño con sus aceras humeantes, sus rebaños de gente, sus banderas tímidamente ondeando en la brisa. Un alien a pesar de que, en realidad, en una ciudad como Nueva York nadie tiene motivos para sentirse extranjero ni ajeno a nada.

En un lugar como éste, estás en todos lados y en ninguno a la vez.

Pasé toda la tarde en Central Park, sin pensar. Que pensaran por mí los árboles. Que pensaran las estatuas de Literary Walk protegidas por sus corazas de cobre. Que pensaran los vagabundos del Ramble. Que pensaran.

La luz era azul y acuosa, los árboles verdes, rojos, morados, naranjas, mil destellos bajo la sombra de un roble, yo tumbada en la hierba húmeda cerca de la orilla del estanque, la mochila de almohada, la maleta bajo mis pies. Si cerraba los ojos me mecían cientos de sonidos, el rask rask rask rask de las hojas, el cuá cuá de los patos, el swissh swissh de los remos de los patriarcas judíos paseando a su familia por el lago porque los viernes era día de alquilar barquitas para pasar el Sabbath. Era día de hacer fotos a las modelos y posar con vestidos blancos de novia en el verde de los claros, de tocar el clarinete al borde de los paseos por unos céntimos, de discutir sobre los vaivenes de la bolsa en los bancos de madera, de correr jadeando por las sinuosas avenidas en pos del cuerpo perfecto.

Y yo en medio de todo, difusa, flotando como una motita de polvo en el aire, dormida sobre la hierba, soñando que perseguía gotas de sangre coagulada por un túnel mientras cuatro patriarcas judíos con enormes tirabuzones se agarraban el sombrero con la mano y tiraban de las esquinas de mi camiseta, gritando que Marvin y Mickey me esperaban a la puerta de la tienda de los cafés a ochenta céntimos para visitar juntos a Lucifer.

Desperté cuando los edificios del horizonte ya estaban teñidos de dorado y caía la tarde. Escuché una respiración entrecortada. Tumbado a mi lado, me miraba con curiosidad un joven de ojos felinos y lacia melena rubia envuelto en un enorme abrigo negro.

- Hola. Pensé que podían robarte la maleta, así que me quedé a vigilar.
- Gracias.
- Nací en 1980.
- Yo en 1966.
- Pareces mucho más joven.
- Gracias.
- Si fuéramos pareja, no sería tan evidente la diferencia de edad.
- Supongo que no.
- Trabajo aquí cerca. Me gusta venir a mirar el lago por las tardes.
- Yo no trabajo aquí. No sabría para qué podría servir.
- Seguro que puedes conseguir empleo.
- Dime, ¿Te ha ocurrido algo especial hoy?
- Bueno, he descubierto un nuevo sabor de helado: melón con cerezas.
- Yo he visto la escena del asesinato de alguien a quien conocí ayer.
- ¿Te lo tiraste?
- No, pero dormí en su habitación.
- Entonces no es para tanto. Quédate conmigo. Tengo alarma antirrobo en mi apartamento.
- Me tengo que ir.
- Vale. Adiós.

(Foto: Central Park, NY)

6 comentarios:

Heriberto dijo...

Me ha atrapado la cronica, quiero seguir.
Saludos desde el tropico.

Isabel Romana dijo...

Ya me he puesto al día de esta crónica neoyorkina. Como bien señalas, es un mundo en el que nadie se siente extraño. Eso me ha pasado a mí con tus personajes, que me parecían viejos conocidos. Pobre Marvin. Soñando despierto igual que tantos españoles... Besos y hasta pronto.

safrika dijo...

Hoy he leído del tirón toda la historia de NY. Me gusta y como siempre, hago una reverencia, bien merecida.
I´ll come back..

Alicia Liddell dijo...

Srta. Anilibis: Reitero mi comentario anterior en la historia de Emmanuele: tiene una rara habilidad para mezclarse con gente rara.

Pero son los que ponen sal en la vida.

anilibis dijo...

Heriberto:
Gracias por la visita. Sigue la crónica, veamos ahora por dónde tira...

Isabel romana:
Gracias... creo que hay que haber conocido un poco a quien quieres resucitar. Aunque tú das vida incluso a seres mitológicos, y los siento también muy cercanos!!!
Besos

Safrika:
Ya era hora, ¡jajaja! bueno, fuera de bromas, agradezco tus ojos sobre mi texto. Ya sabes que valoro mucho tu criterio y que tus reverencias son tremendamente correspondidas.
Alzo la espada de Conan en hermanamiento. ¡Ras!

Alicia Liddell:
No lo sabe usted bien. Si yo le contara... Pero bueno, ya sabe lo que dicen: "dime con quién andas..."
Besos

Francisco Ortiz dijo...

Se siente uno solo y pequeño, pero algo menos al lado de tu personaje.